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sábado, 6 de junio de 2009

DOMINGO DE LA SANTISIMA TRINIDAD



Dios es familia

Todo el Misterio de la santísima Trinidad se reduce a comprender que en Dios a Tres Personas que forman una unidad familiar: Padre. Hijo y Espíritu Santo. Y toda familia humana, debidamente constituida y vivida, es un reflejo externo, como sacramento de, un icono de la familia divina.

Ante la proximidad den Encuentro Mundial de las Familias con el Papa en Valencia, es bueno en este dia reflexionar un poco sobre la familia. Y lo haremos con palabras del mismo Benedicto XVI dirigiéndose a un encuentro diocesano de familias celebrad en Roma. Entre otras cosas, dice lo siguiente


El fundamento antropológico de la familia

Matrimonio y familia no son una construcción sociológica casual, fruto de situaciones particulares históricas y económicas. Por el contrario, la cuestión de la justa relación entre el hombre y la mujer hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano y sólo puede encontrar su respuesta a partir de ésta. No puede separarse de la pregunta siempre antigua y siempre nueva del hombre sobre sí mismo: ¿quién soy? Y esta pregunta, a su vez, no puede separarse del interrogante sobre Dios: ¿existe Dios? Y, ¿quién es Dios? ¿Cómo es verdaderamente su rostro? La respuesta de la Biblia a estas dos preguntas es unitaria y consecuencial: el hombre es creado a imagen de Dios, y Dios mismo es amor. Por este motivo, la vocación al amor es lo que hace del hombre auténtica imagen de Dios: se hace semejante a Dios en la medida en que se convierte en alguien que ama.

De este lazo fundamental entre Dios y el hombre se deriva otro: el lazo indisoluble entre espíritu y cuerpo: el hombre es, de hecho, alma que se expresa en el cuerpo y cuerpo que es vivificado por un espíritu inmortal. También el cuerpo del hombre y de la mujer tiene, por tanto, por así decir, un carácter teológico, no es simplemente cuerpo, y lo que es biológico en el hombre no es sólo biológico, sino expresión y cumplimiento de nuestra humanidad. Del mismo modo, la sexualidad humana no está al lado de nuestro ser persona, sino que le pertenece. Sólo cuando la sexualidad se integra en la persona logra darse un sentido a sí misma.

De este modo, de los dos lazos, el del hombre con Dios y --en el hombre-- el del cuerpo con el espíritu, surge un tercer lazo: el que se da entre persona e institución. La totalidad del hombre incluye la dimensión del tiempo, y el «sí» del hombre es un ir más allá del momento presente: en su totalidad, el «sí» significa «siempre», constituye el espacio de la fidelidad. Sólo en su interior puede crecer esa fe que da un futuro y permite que los hijos, fruto del amor, crean en el hombre y en su futuro en tiempo difíciles. La libertad del «sí» se presenta por tanto como libertad capaz de asumir lo que es definitivo: la expresión más elevada de la libertad no es entonces la búsqueda del placer, sin llegar nunca a una auténtica decisión. Aparentemente esta apertura permanente parece ser la realización de la libertad, pero no es verdad: la verdadera expresión de la libertad es por el contrario la capacidad de decidirse por un don definitivo, en el que la libertad, entregándose, vuelve a encontrarse plenamente a sí misma.

En concreto, el «sí» personal y recíproco del hombre y de la mujer abre el espacio para el futuro, para la auténtica humanidad de cada uno, y al mismo tiempo está destinado al don de una nueva vida. Por este motivo, este «sí» personal tiene que ser necesariamente un «sí» que es también públicamente responsable, con el que los cónyuges asumen la responsabilidad pública de la fidelidad, que garantiza también el futuro para la comunidad. Ninguno de nosotros se pertenece exclusivamente a sí mismo: por tanto, cada uno está llamado a asumir en lo más íntimo de sí su propia responsabilidad pública. El matrimonio, como institución, no es por tanto una injerencia indebida de la sociedad o de la autoridad, una imposición desde el exterior en la realidad más privada de la vida; es por el contrario una exigencia intrínseca del pacto de amor conyugal y de la profundidad de la persona humana.

Las diferentes formas actuales de disolución del matrimonio, como las uniones libres y el «matrimonio a prueba», hasta el pseudo-matrimonio entre personas del mismo sexo, son por el contrario expresiones de una libertad anárquica que se presenta erróneamente como auténtica liberación del hombre. Una pseudo-libertad así se basa en una banalización del cuerpo, que inevitablemente incluye la banalización del hombre. Su presupuesto es que el hombre puede hacer de sí lo que quiere: su cuerpo se convierte de este modo en algo secundario, manipulable desde el punto de vista humano, que se puede utilizar como se quiere. El libertinaje, que se presenta como descubrimiento del cuerpo y de su valor, es en realidad un dualismo que hace despreciable el cuerpo, dejándolo por así decir fuera del auténtico ser y dignidad de la persona.



Matrimonio y familia en la historia de la salvación

La verdad del matrimonio y de la familia, que hunde sus raíces en la verdad del hombre, ha encontrado aplicación en la historia de la salvación, en cuyo centro está la palabra: «Dios ama a su pueblo». La revelación bíblica, de hecho, es ante todo expresión de una historia de amor, la historia de la alianza de Dios con los hombres: por este motivo, la historia del amor y de la unión de un hombre y de una mujer en la alianza del matrimonio ha podido ser asumida por Dios como símbolo de la historia de la salvación. El hecho inefable, el misterio del amor de Dios por los hombres, toma su forma lingüística del vocabulario del matrimonio y de la familia, en positivo y en negativo: el acercamiento de Dios a su pueblo es presentado con el lenguaje del amor conyugal, mientras que la infidelidad de Israel, su idolatría, es designada como adulterio y prostitución.

En el Nuevo Testamento, Dios radicaliza su amor hasta convertirse Él mismo, por su Hijo, en carne de nuestra carne, auténtico hombre. De este modo, la unión de Dios con el hombre ha asumido su forma suprema, irreversible y definitiva. Y de este modo se traza también para el amor humano su forma definitiva, ese «sí» recíproco que no se puede revocar: no enajena al hombre, sino que lo libera de las alienaciones de la historia para volverle a colocar en la verdad de la creación. El carácter sacramental que el matrimonio asume en Cristo significa, por tanto, que el don de la creación ha sido elevado a gracia de redención. La gracia de Cristo no se superpone desde fuera a la naturaleza del hombre, no la violenta, sino que la libera y la restaura, al elevarla más allá de sus propias fronteras. Y así como la encarnación del Hijo de Dios revela su verdadero significado en la cruz, así también el amor humano auténtico es entrega de sí mismo, no puede existir si evita la cruz.

Queridos hermanos y hermanas, este lazo profundo entre Dios y el hombre, entre el amor de Dios y el amor humano, es confirmado también por algunas tendencias y desarrollos negativos, cuyo peso experimentamos todos. El envilecimiento del amor humano, la supresión de la auténtica capacidad de amar se presenta en nuestro tiempo como el arma más eficaz para que el hombre aplaste a Dios, para alejar a Dios de la mirada y del corazón del hombre. Ahora bien, la voluntad de «liberar» la naturaleza de Dios lleva a perder de vista la realidad misma de la naturaleza, incluida la naturaleza del hombre, reduciéndola a un conjunto de funciones, de las que se puede disponer según sus propios gustos para construir un presunto mundo mejor y una presunta humanidad más feliz; por el contrario, se destruye el designio del Creador y al mismo tiempo la verdad de nuestra naturaleza.



Los hijos

También en la procreación de los hijos el matrimonio refleja su modelo divino, el amor de Dios por el hombre. En el hombre y en la mujer, la paternidad y la maternidad, como sucede con el cuerpo y con el amor, no se circunscriben al aspecto biológico: la vida sólo se da totalmente cuando con el nacimiento se ofrecen también el amor y el sentido que hacen posible decir sí a esta vida. Precisamente por esto queda claro hasta qué punto es contrario al amor humano, a la vocación profunda del hombre y de la mujer, el cerrar sistemáticamente la propia unión al don de la vida y, aún más, suprimir o manipular la vida que nace.

Ahora bien, ningún hombre y ninguna mujer, por sí solos y sólo con sus propias fuerzas, pueden dar adecuadamente a los hijos el amor y el sentido de la vida. Para poder decir a alguien: «tu vida es buena, aunque no conozca tu futuro», se necesitan una autoridad y una credibilidad superiores, que el individuo no puede darse por sí solo. El cristiano sabe que esta autoridad es conferida a esa familia más amplia que Dios, a través de su Hijo, Jesucristo, y del don del Espíritu Santo, ha creado en la historia de los hombres, es decir, a la Iglesia. Reconoce la acción de ese amor eterno e indestructible que asegura a la vida de cada uno de nosotros un sentido permanente, aunque no conozcamos el futuro. Por este motivo, la edificación de cada una de las familias cristianas se enmarca en el contexto de la gran familia de la Iglesia, que la apoya y la acompaña, y garantiza que hay un sentido y que en su futuro se dará el «sí» del Creador. Y recíprocamente la Iglesia es edificada por las familias, «pequeñas Iglesias domésticas», como las ha llamado el Concilio Vaticano II («Lumen gentium», 11; «Apostolicam actuositatem», 11), redescubriendo una antigua expresión patrística (san Juan Crisóstomo, «In Genesim serm.» VI,2; VII,1). En este sentido, la «Familiaris consortio» afirma que «el matrimonio cristiano… constituye el lugar natural dentro del cual se lleva a cabo la inserción de la persona humana en la gran familia de la Iglesia» (n. 15).



La familia y la Iglesia

De todo esto se deriva una consecuencia evidente: la familia y la Iglesia, en concreto las parroquias y las demás formas de comunidad eclesial, están llamadas a la más íntima colaboración en esa tarea fundamental que está constituida, inseparablemente, por la formación de la persona y la transmisión de la fe. Sabemos bien que para que tenga lugar una auténtica obra educativa no basta una teoría justa o una doctrina que comunicar. Se necesita algo mucho más grande y humano, esa cercanía, vivida diariamente, que es propia del amor y que encuentra su espacio más propicio ante todo en la comunidad familiar, y después en una parroquia o movimiento o asociación eclesial, en los que se encuentran personas que prestan atención a los hermanos, en particular, a los niños y jóvenes, así como a los adultos, los ancianos, los enfermos, las mismas familias, porque, en Cristo, les aman. El gran patrón de los educadores, san Juan Bosco, recordaba a sus hijos espirituales que «la educación es cosa de corazón y que sólo Dios es su dueño» («Epistolario», 4,209).

La figura del testigo es central en la obra educativa, y especialmente en la educación en la fe, que es la cumbre de la formación de la persona y su horizonte más adecuado: se convierte en punto de referencia precisamente en la medida en que sabe dar razón de la esperanza que fundamenta su vida (Cf. 1 Pedro 3,15), en la medida en que está involucrado personalmente con la verdad que propone. El testigo, por otra parte, no se señala a sí mismo, sino que señala hacia algo, o mejor, hacia Alguien más grande que él, con el que se ha encontrado y de quien ha experimentado una bondad confiable. De este modo, todo educador y testigo encuentra su modelo insuperable en Jesucristo, el gran testigo del Padre, que no decía nada por sí mismo, sino que hablaba tal y como el Padre le había enseñado (Cf. Juan 8, 28).

Este es el motivo por el que en el fundamento de la formación de la persona cristiana y de la transmisión de la fe está necesariamente la oración, la amistad personal con Cristo y la contemplación en él del rostro del Padre. Y lo mismo se puede decir de todo nuestro compromiso misionero, en particular, de nuestra pastoral familiar: que la Familia de Nazaret sea, por tanto, para nuestras familias y comunidades objeto de constante y confiada oración, así como modelo de vida.

Queridos hermanos y hermanas, y especialmente vosotros, queridos sacerdotes: soy consciente de la generosidad y la entrega con la que servís al Señor y a la Iglesia. Vuestro trabajo cotidiano por la formación en la fe de las nuevas generaciones, en íntima unión con los sacramentos de la iniciación cristiana, así como también por la preparación al matrimonio y por el acompañamiento de las familias en su camino, que con frecuencia no es fácil, en particular en la gran tarea de la educación de los hijos, es el camino fundamental para regenerar siempre de nuevo a la Iglesia y también para vivificar el tejido social de nuestra amada ciudad de Roma.



La amenaza del relativismo

Seguid, por tanto, sin dejaros desalentar por las dificultades que encontráis. La relación educativa es, por su misma naturaleza, algo delicado: implica la libertad del otro que, aunque sea con dulzura, de todos modos es provocada a tomar una decisión. Ni los padres, ni los sacerdotes, ni los catequistas, ni los demás educadores pueden sustituir a la libertad del niño, del muchacho, o del joven al que se dirigen. Y la propuesta cristiana interpela especialmente a fondo la libertad, llamándola a la fe y a la conversión. Un obstáculo particularmente insidioso en la obra educativa es hoy la masiva presencia en nuestra sociedad y cultura de ese relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, sólo tiene como medida última el propio yo con sus gustos y que, con la apariencia de la libertad, se convierte para cada quien en una prisión, pues separa de los demás, haciendo que cada quien se encuentre encerrado dentro de su propio «yo». En un horizonte relativista así no es posible, por tanto, una auténtica educación: sin la luz de la verdad antes o después toda persona queda condenada a dudar de la bondad de su misma vida y de las relaciones que la constituyen, de la validez de su compromiso para construir con los demás algo en común.

Está claro, por tanto, que no sólo tenemos que tratar de superar el relativismo en nuestro trabajo de formación de personas, sino que estamos también llamados a enfrentarnos a su predominio destructivo en la sociedad y en la cultura. Por ello, es muy importante que, junto a la palabra de la Iglesia, se dé el testimonio y el compromiso público de las familias cristianas, en particular para reafirmar la inviolabilidad de la vida humana desde su concepción hasta su ocaso natural, el valor único e insustituible de la familia fundada sobre el matrimonio y la necesidad de medidas legislativas y administrativas que apoyen a las familias en la tarea de engendrar y educar a los hijos, tarea esencial para nuestro futuro común. Por este compromiso vuestro también os doy las gracias de corazón.

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Hasta aquí las palabras del Papa. Hoy, Gran Fiesta de la Santísima Trinidad, debemos pedir por las familias: para que haya unidad, armonía, amor, aceptación, comprensión, solidaridad, fidelidad, y un gran empeño por la educación de los hijos y el amor a los padres y hermanos.



Juan García Inza

sábado, 23 de mayo de 2009

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR


Oración y apostolado

El Señor nos dice a la hora de marcharse a los Cielos: Id por todo el mundo y predicar el Evangelio a todas las gentes. La Ascensión, por tanto, nos habla del deber de hacer apostolado, de evangelizar, dar a conocer al Señor que, hoy para muchos, sigue siendo un desconocido: Con vosotros está y no le conocéis, con vosotros está, su nombre es el Señor.
La misión apostólica constituye una tarea ineludible para todo cristiano. Es el mismo Señor Jesús quien nos convoca y escoge, llamándonos por nuestro propio nombre y enviándonos como apóstoles suyos en medio del mundo. Nuestra vocación es, pues, eminentemente apostólica. Esta tarea evangelizadora es la de dar vida a un mundo que agoniza, cansado por su propia mediocridad, por la ilusión y el vacío de la tentación del poder, del fácil consumismo del tener, de la esclavitud del placer. Las lacerantes rupturas que aquejan a la humanidad exigen de nuestra parte una acción decidida y audaz por transformar radicalmente todo aquello que se encuentra «en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación».

Una intensa vida de oración es condición ineludible para cumplir con esta misión. La oración no es mero acompañante de la acción apostólica. No nos llevemos a engaño. La oración es presupuesto indispensable para que nuestro apostolado sea auténtico. La oración es fuente, sustento y meta de todo apostolado; el eje mismo de nuestra vida apostólica. Ella es camino vivificador de la propia vida y acción.
Oración para la vida...
Todo ser humano posee en su fuero más íntimo un dinamismo de apertura relacional que lo impulsa a salir de sí mismo, a trascender sus propios límites para vivir en relación fraterna con los hermanos. Cuando la persona no vive esta dimensión de encuentro personal con los demás, sino que se repliega egoístamente sobre sí misma, traiciona sus dinamismos más íntimos y, por lo tanto, su propia humanidad.
De la misma manera, toda persona tiene constitutivamente una profunda aspiración al encuentro pleno, definitivo. Creados para vivir ese misterio de amor infinito que es la comunión y participación de la vida trinitaria (5), nuestra hambre de absoluto e infinito sólo se ve saciada en el encuentro plenificador con Dios-Amor.

La oración es, pues, una dimensión fundamental, ineludible de la existencia humana, pues ella es ámbito privilegiado para orientarse a vivir ese encuentro plenificador. La oración es diálogo, es comunión, es relación personal y personalizante, entrega personal e íntima. De ahí que quien prescinde de la oración en su existencia, mutila su vocación a ser persona humana, ya que priva a su ser del impulso fundamental que es el encuentro con Dios.
...y el apostolado
Como personas de acción, tenemos que ser antes que nada personas de oración. Vivimos insertos en una sociedad que en muchos aspectos se está volviendo agresivamente anti-cristiana o por lo menos cada vez más indiferente, una "cultura de muerte" que busca apartarnos constantemente de nuestra misión. No podemos hacerle el juego al mundo dejándonos arrastrar por la sutil tentación del activismo. El poner todas nuestras expectativas en nuestras capacidades personales o en los medios humanos de los que disponemos, prescindiendo de la acción divina a través de su gracia, es una de las más sutiles tentaciones del maligno.
Nuestro apostolado sólo es auténtico si surge de la dinámica del encuentro personal con el Señor Jesús. Ser apóstol es anunciar a Cristo en primera persona; y sólo puede anunciar bien al Señor quien se ha encontrado con Él.
En efecto, quien no reza, no vive reconciliado y por lo tanto su quehacer apostólico solamente será proyección de su propia ruptura interior. Bien afirma el ya desaparecido monje cisterciense Thomas Merton: «El hombre que no tiene paz consigo mismo necesariamente proyecta su lucha interior en la sociedad de aquellos con quienes vive, y esparce el contagio del conflicto en todos los que lo rodean. Aun cuando trate de hacer el bien a otros, sus esfuerzos son desesperados, puesto que no sabe cómo hacerse el bien a sí mismo. En los momentos del más desenfrenado idealismo puede metérsele en la cabeza hacer felices a los demás. Por eso se arroja a la obra; y lo que resulta es que saca de la obra todo lo que puso en ella: su propia confusión, su propia desintegración, su propia infelicidad».
Si no existe una relación personal con el Hijo de María, nuestra acción apostólica será estéril, incluso a pesar de algunas iniciales apariencias de lo contrario. ¿Qué es hacer apostolado sino ser instrumentos activos para hacer presente al Señor entre los hombres? ¿Cómo prestar nuestra voz al Señor si antes no nos hemos encontrado con Él?
La oración es lugar privilegiado donde vivir el encuentro configurante con Dios. Es en la dinámica oracional donde vamos siendo revestidos del Señor, conducidos de la mano maternal de María. La oración asidua nos encamina por las sendas del Plan divino. En la apertura al Espíritu, el Señor se nos revela, se nos muestra y nos pone de manifiesto quiénes somos. En la comunión cálida, cercana, personal con Él, el apóstol alimenta su espíritu, recupera las fuerzas perdidas y se renueva interiormente para emprender la tarea evangelizadora.

El apostolado es sobreabundancia.

domingo, 17 de mayo de 2009

ULTIMO GRUPO DE PRIMERAS COMUNIONES EL DOMINGO 17 DE MAYO

Este domingo ha celebrado la Primera Comunión el último grupo formado por: María, Ana, Jorge, Helena, Julia, Miguel, María Reyes y María Dolores. Como el resto de los domingo, la celebración ha sido solemne, alegre y familiar. Los niños han seguido la Santa Misa con atención, dentro de lo posible. Los asistentes han guardado un comportamiento correcto. Y los catequistas y coro han cumplido perfectamente su misión. FELICIDADES A TODOS.





sábado, 16 de mayo de 2009

DOMINGO 6º DE PASCUA (B)


EL CORAZÓN PERFECTO

Nos dice el Señor: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Esta es la esencia del cristianismo. Dios es Amor. Todo su Ser es Amor en acción, por eso crea, y cuida de lo creado, y actúa continuamente. No se olvida de nosotros, aunque nosotros nos olvidemos de El, o no notemos sensiblemente su presencia. El amor es la pasión por la dicha del otro, y es esa corriente continua que nace del alma, y que no se ve, pero se nota. El amor no es un sentimiento de adolescencia, algo pasajero o interesado. Decía santa Teresa de Lisieux: Únicamente podemos llamar amor a la inmolación de nosotros mismos.
El amor no son palabras bonitas, actitudes pasajeras, sentimientos ocasionales…El amor es entrega, preocupación, servicio, disponibilidad, solidaridad, buena disposición para hacer el bien a todo el que me necesite. Decía Gerson: En donde falta el amor, ¿para qué sirve la instrucción? Se habla hoy de la necesidad de educar para ser buenos ciudadanos. Pero no se trata de decir que lo que hay que hacer por respeto democrático hacia los demás. Se trata de enseñar a amar, de inculcar en niños, jóvenes y mayores lo que es la caridad y el respeto al prójimo, que es imagen de Dios.
Un día un hombre joven se situó en el centro de un poblado y proclamó que el poseía el corazón mas hermoso de toda la comarca. Una gran multitud se congregó a su alrededor y todos admiraron y confirmaron que su corazón era perfecto, pues no se observaban en el ni marcas ni rasguños.
Sí, coincidieron todos que era el corazón más hermoso que hubieran visto, al verse admirado el joven se sintió más orgulloso aún, y con mayor fervor aseguró poseer el corazón mas hermoso de todo el vasto lugar.
De pronto un anciano se acerco y dijo: "¿Por qué dices eso, si tu corazón no es ni tan, aproximadamente, tan hermoso como el mío?
Sorprendidos la multitud y el joven miraron el corazón del viejo y vieron que, si bien latía vigorosamente, este estaba cubierto de cicatrices y hasta había zonas donde faltaban trozos y estos habían sido reemplazados por otros que no encastraban perfectamente en el lugar, pues se veían bordes y aristas irregulares en su alrededor.
Es más, había lugares con huecos, donde faltaban trozos profundos. La mirada de la gente se sobrecogió, ¿Cómo puede el decir que su corazón es más hermoso?, pensaron.
El joven contempló el corazón del anciano y al ver su estado desgarbado, se echo a reír. -"Debes estar bromeando," -dijo.
-"Compara tu corazón con el mío... El mío es perfecto. En cambio el tuyo es un conjunto de cicatrices y dolor."
"Es cierto," dijo el anciano, "tu corazón luce perfecto, pero yo jamás me involucraría contigo...
Mira, cada cicatriz representa una persona a la cual entregue todo mi amor. Arranqué trozos de mi corazón para entregárselos a cada uno de aquellos que he amado.
Muchos a su vez, me han obsequiado un trozo del suyo, que he colocado en el lugar que quedó abierto. Como las piezas no eran iguales, quedaron los bordes por los cuales me alegro, porque al poseerlos me recuerdan el amor que hemos compartido "Hubo oportunidades, en las cuales entregué un trozo de mi corazón a alguien, pero esa persona no me ofreció un poco del suyo a cambio.
De ahí quedaron los huecos - dar amor es arriesgar, pero a pesar del dolor que esas heridas me producen al haber quedado abiertas, me recuerdan que los sigo amando y alimentan la esperanza, que algún día -tal vez- regresen y llenen el vacío que han dejado en mi corazón."

"¿Comprendes ahora lo que es verdaderamente hermoso?"
El joven permaneció en silencio, lágrimas corrían por sus mejillas. Se acercó al anciano, arrancó un trozo de su hermoso y joven corazón y se lo ofreció. El anciano lo recibió y lo colocó en su corazón, luego a su vez arrancó un trozo del suyo ya viejo y maltrecho y con el tapo la herida abierta del joven.
La pieza se amoldó, pero no a la perfección. Al no haber sido idénticos los trozos, se notaban los bordes. El joven miró su corazón que ya no era perfecto, pero lucía mucho mas hermoso que antes, porque el amor del anciano fluía en su interior.
Dice San Juan en la Segunda Lectura: Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor…En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo, como víctima por nuestros pecados.
Hay hoy en el mundo un superávit de pasión y sensualidad, de sexo y hedonismo, de egoísmo y codicia, de odio y violencia…Y la causa es que hay un gran déficit de amor sincero. Y no olvidemos lo que dice san Juan de la Cruz: Al atardecer de la vida seremos juzgados de cómo hemos amado.

Juan García Inza

domingo, 10 de mayo de 2009

PRIMERAS COMUNIOES




Estamos de fiesta en la Parroquia con las Primeras Comuniones. Siempre son un gran acontecimiento que alegra a todos. Acompañar a unos niños que por primera vez reciben a Jesús en su propio cuerpo y alma es muy importante. La Parroquia se llena de gozo y de personas que, con aires de fiesta, se unen a nuestra Celebración. Felicitamos a todos los niños y familiares por este don de Dios. Ahí quedan algunas fotos del Domingo 10 de Mayo.

sábado, 9 de mayo de 2009

5º DOMINGO DE PASCUA B



Unidos a Cristo para dar fruto
El ejemplo que nos pone Jesucristo para hablarnos de nuestra condición de cristianos es bien claro. Cristiano no es sólo el bautizado, aunque lo sea oficialmente. Ser cristiano no es conformarse con una práctica asidua o esporádica de actos religiosos. Cristiano no es simplemente que el participa en una manifestación religiosa, como puede ser un procesión, ni incluso el que reza o lleva un signo religioso colgado de su cuello, o del espejo retrovisor de su coche… Ser cristiano es mucho más serio. La propuesta que hace Jesucristo en el Evangelio es la de un seguimiento convencido y responsable cada día, con la cruz que nos haya tocado o surja en cada momento. Ser cristiano es acoger en la mente y en el corazón la Voluntad de Dios para decir, como la Virgen, y como decimos en el Padrenuestro: Hágase en mí según Tu Palabra…Hágase Tu Voluntas en la tierra, como en el cielo. En definitiva, ser cristiano es decirle a Cristo, Hijo de Dios, que SI, que puede contar con nosotros para su plan sobre la humanidad, y sobre el mundo entero.
Se nos viene recordando que desde hace un tiempo se has ido introduciendo en la Iglesia una especie de religión, de cristianismo a la carta. Cada uno elige lo que le conviene, y rechaza lo que no le interesa. Y así ocurre como en el campo protestante: surgen tantas iglesias como criterios personales podamos tener. Y de esa manera se rompe la unidad y la fidelidad a un solo Cristo, que nos dio una única doctrina, que dijo YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA… El que no está unido a Mí, como el sarmiento al tronco de la vid, se seca, y no da ningún fruto. El tronco y los sarmientos forman una sola unidad que se llama VID. Como el tronco y las ramas forman una unidad llamada ARBOL. No puedo yo pretender dar fruto cristiano si me desgajo del único Cristo, cuya presencia en la historia es la Iglesia. A la Iglesia se le llama EL SACRAMENTO DE CRISTO. Es decir, el signo externo de la presencia real de Cristo entre nosotros. Pero recordemos que El insistió hasta la saciedad que TENIAMOS QUE ESTAR UNIDOS. Un solo rebaño, y un solo Pastor… Sed uno como el Padre y Yo somos uno…Nadie va la Padre sino por Mí… Todos formamos un solo Cuerpo, que es Cristo, como diría San Pablo.
No es por tanto cristiano el que siembra la división, el que rechaza a sus hermanos en la fe, el que se crea su propio catecismo, su propia moral, y pone a la misma altura de las Verdades de Fe reveladas por Dios y expuestas por el Magisterio de la Iglesia, sus propias opiniones, como si la Religión fuera algo relativo y sometido al criterio de cada uno. El que piensa así no ha entendido la fe.
Como recuerda Benedicto XVI, la fe no es un conjunto de ideas que recibo o que me forjo yo con mis reflexiones personales. La fe es un abandono en las manos del Señor, del cual recibo la enseñanza que debo vivir para amar a Dios y al prójimo. La fe es una vida que me viene del tronco que es Cristo, y en la medida que yo esté unido a EL, daré el fruto que Dios espera. La Religión no es un método o recurso para mi consuelo particular, o la satisfacción de mis ansias de eternidad. La religión es unión con Dios, vivida individual y comunitariamente, que me ofrece la oportunidad de enfocar mi vida de acuerdo con lo que Dios espera de mí, dando los frutos oportunos, con los que doy Gloria a Dios y me santifico. Todo lo demás serán experiencias aventuradas y desafiantes, que no me llevarán a ninguna parte por no ir sinceramente cogido de la mano de Dios.
Recordemos lo que nos ha dicho San Juan en la segunda Lectura: Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras…Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo…Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él. No puede estar más claro que LA FUENTE ES CRISTO, y a El debemos pedir, como le dijo a la Samaritana, el agua viva de la Gracia, la SABIA que me permita dar fruto.

Juan García Inza

sábado, 2 de mayo de 2009

DOMINGO 4º DE PASCUA



Yo soy el Buen Pastor

Este es el clásico domingo del Buen Pastor. Aunque ahora se ven pocos pastores con sus ovejas, porque el cemento y los ladrillos no nos dejan ver el campo, sigue vigente esta figura tan simpática, y tan sacrificada y esclava de su trabajo, como es el pastor responsable de sus ovejas. Jesús quiso tomar como modelo de sí mismo a este trabajador singular tan frecuente en su tierra. ¿Por qué? Por que los rasgos mesiánicos del buen pastor son. Conocer y amar a cada una de sus ovejas; llevarlas por los mejores pastos, buscar a la descarriada y esperar a la perdida, curar a la herida y fortalecer a la enferma.
Somos ovejas de un rebaño singular llamado Iglesia. El Buen Pastor visible, que hace las veces de Jesús es el Papa. Y en nuestra Diócesis el Obispo. Los sacerdotes somos colaboradores de los Obispos en la tarea de servir a las almas. Por desgracia también se cuelan lobos entre el rebaño, y hacen estragos. Son los enemigos de la Verdad, de la vida recta, del buen hacer, del mismo Dios, de la verdadera Iglesia. Y lo peor es que hay muchos que se dejan llevar mejor por el lobo que por el pastor. A este, en no pocas ocasiones, se le considera un intruso, un enemigo de la vida placentera, un trasnochado, un personaje pasado de moda…Casi siempre ha estado bien visto ser anticlerical. Se respeta al responsable de cualquier religión: imán, pastor protestante, monje budista, un rabino, etc. Pero a un sacerdote a veces ni siquiera se le mira, o se le ve con malos ojos, y se le maltrata con comentarios ineducados o críticas mordaces. Especialmente los españoles somos los que peor tratamos a los sacerdotes. Se ve normal que un nazareno desfile con su túnica de colores, y su caperuza, pero no se soporta, muchas veces, a un sacerdote vestido como debe. Se ve bien la bata blanca del sanitario o médico, o el mono del obrero, pero no se tolera los signos externos del sacerdote que lo identifican como tal. Somos así de incongruentes, de poco educados, de ingratos…Seguramente es que esos signos externos son un aldabonazo a nuestra conciencia. Pero a pesar de todo, estamos cada uno en nuestro sitio, todos los días de la semana al servicio de las almas, de las ovejas.
En una Homilía decía S.S. Juan Pablo II en el IV domingo de Pascua, 3 de mayo de 1998
“¡El buen pastor! Esta figura bíblica nace de la observación y la experiencia. Durante mucho tiempo, Israel fue un pueblo de pastores y los textos del Antiguo Testamento confirman la tradición de la época de los patriarcas y de las generaciones sucesivas. El pastor que cuida atentamente el rebaño y lo conduce a fértiles praderas, se ha convertido en la imagen del hombre que guía y está al frente de una nación, siempre solícito de lo que le atañe. Así se representa al pastor de Israel en el Antiguo Testamento.
En su predicación, Jesús recurre a esa imagen, pero introduce un elemento del todo nuevo: pastor es el que da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 11-18). Atribuye esta característica al pastor bueno, distinguiéndolo de quien, por el contrario, es un asalariado y, por tanto, no se preocupa por vida por su rebaño. El Padre lo mandó al mundo no sólo para que fuera el pastor de Israel, sino su rebaño. Más aún, se presenta a sí mismo como el prototipo del buen pastor, capaz de dar la también de la humanidad entera.
De modo especial en la Eucaristía se hace presente sacramentalmente la obra del buen Pastor, que, después de haber predicado la «buena nueva» del Reino, ofreció en sacrificio su vida por las ovejas. En efecto, la Eucaristía es el sacramento de la muerte y resurrección del Señor, de su supremo acto redentor. Es el sacramento en el que el buen Pastor hace presente constantemente su amor oblativo por todos los hombres.

Es un día hoy para que valoremos la tarea tan necesaria e insustituible del sacerdote, y para que roguéis por nosotros para que seamos buenos pastores.

Juan García Inza