Este Blog pretende ser un instrumento al servicio de la Parroquia, para información y formación de los visitantes

sábado, 15 de enero de 2011

Domingo 2º del Tiempo Ordinario. Ciclo A


Meditación: Domingo de la semana 2 de tiempo ordinario; ciclo A



«Al día siguiente vio a Jesús venir hacia él y dijo: He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es de quien yo dije: Después de mí viene un hombre que ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo. Yo no le conocía, pero ha venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel.

Y Juan dio testimonio diciendo: He visto el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y permanecía sobre él. Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: Sobre el que veas que desciende el Espíritu y permanece sobre él, ése es quien bautiza en el Espíritu Santo. Y yo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.» (Juan 1, 29-34)



1º. Jesús, hoy Juan el Bautista te llama «el Cordero de Dios».

Este nombre había sido utilizado varias veces en el Antiguo Testamento, y todo buen judío sabía lo que significaba: el Cordero de Dios era el Mesías, el Salvador, que debía ser sacrificado por el pueblo para el perdón de los pecados; como el cordero pascual que sacrificaron los israelitas en Egipto y cuya sangre salvó a sus primogénitos del exterminio del ángel.

El pecado original rompió la unión entre Dios y los hombres.

Pero Tú prometiste un Salvador y los profetas lo habían ido anunciando.

Como la falta primera era infinita -porque infinito era el valor del ofendido-, se requería un rescate infinito.

Pero, a la vez, debía ser un hombre quien pagara el rescate en nombre de toda la humanidad.

Jesús, Tú eres «el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero y carga con el pecado de las multitudes, y el cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua» (CEC.-608).

Eres «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo».

Con tu vida, que es vida de hombre y vida de Dios, y con tu muerte, que es un sacrificio de valor infinito, has vuelto a acercarme a Dios.

Que me dé cuenta de la maldad del pecado, pues por cada uno de ellos has muerto en la cruz.

Que valore estar en gracia, pues para que pudiera vivir vida sobrenatural -vida de hijo de Dios- has entregado tu vida.

2º. «Jesús se quedó en la Eucaristía por amor.., por ti.

-Se quedó, sabiendo cómo le recibirían los hombres... y cómo lo recibes tú.

Se quedó, para que le comas, para que le visites y le cuentes tus cosas y tratándolo en la oración junto al Sagrario y en la recepción del Sacramento, te enamores más cada día, y hagas que otras alma -¡muchas!- sigan igual camino.» (Forja.-887).

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del inundo; dichosos los llamados a la cena del Señor.

Con estas palabras me dispongo a recibir la comunión.

Jesús, estás ahí en la Eucaristía.

Te has quedado por mí, para que te cuente mis cosas en la oración, estando física o mentalmente junto al sagrario.

Estás ahí para que te reciba en la comunión y así pueda ir enamorándome cada día más de Ti.

De este modo, como Juan, podré dar «testimonio de que Tú eres el Hijo de Dios.»

Jesús, veo que podría irte a visitar muchas más veces pero que, por otro lado, Tú quieres que viva una vida normal, en medio de mi familia y mis amigos.

No se trata de estar cada vez más horas rezando, sino de ir aprendiendo a encontrarte en cada una de mis actividades profesionales y sociales.

Pero, para ello, necesito el alimento de la comunión frecuente, y el encuentro diario contigo en la oración.

Que con mi vida responsable, alegre y servicial pueda decir en cada momento: «he aquí el Cordero de Dios»; Jesús está aquí: en este rato de deporte en el que no me irrito con el que lo hace peor; en este viaje en el que aprovecho para rezar un rosario; en este rato de estudio que ofrezco por la persona e intenciones del Papa; en esta comida que bendigo al empezar y doy gracias al acabar; en esta tarde con mi familia en la que me desvivo en pequeños detalles y paso por alto las impertinencias de un hermano pequeño, etc.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

sábado, 8 de enero de 2011

Domingo después de Navidad. FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

Tú eres mi Hijo, muy amado




El bautismo de Jesús es uno de tantos misterios que llenan la vida de Jesús. El es el Hijo de Dios, el que no puede tener pecados, el que ha venido a quitar el pecado del mundo. Y en la escena de hoy lo vemos haciendo cola en el orilla del río donde Juan estaba administrando un bautismo de conversión. Todos los que se sentían pecadores buscaban el bautismo de Juan para limpiar sus almas. Y Jesús quiere pasar como un pecador más. ¿No podía inducir esta actitud a crear una confusión o una duda en los demás? ¿Qué buscaba Jesús con esta actitud tan contradictoria? El mismo Juan se siente indigno de administrarle aquel bautismo de penitencia, y se lo dice: Soy yo el que tiene que ser bautizado por ti, ¿cómo vienes tú a mí? Juan se consideraba indigno desatarle las correas de sus sandalias. Pero Jesús le dice que haga lo que tiene que hacer. Y Juan obediente le bautiza.

¿Cuál es la lección que nos quiere dar Jesús? Sencillamente que nadie diga que no tiene pecado. Que seamos lo suficientemente humildes para sentirnos necesitados de penitencia y conversión. El pasó, siendo Dios, por un pecador hasta su muerte. El asumió, cargó sobre sí nuestras miserias para expiar nuestros pecados. Por eso es MISERICORDIOSO. Nos ama, nos comprende, busca nuestra conversión, quiere darnos el perdón. El es el cordero de Dios, el que quita los pecados del mundo. Pero los hombres no queremos ver nuestras miserias, nuestras deudas, y seguimos condenando a los demás como si tuviéramos derecho a juzgar. El diría en una ocasión en la que querían condenar a muerte a una mujer pecadora: El que esté libre de pecado que le tire la primera piedra. Y en otra ocasión: ¿Cómo te fijas tantos en la paja del ojo de tu hermano y no ves la vida que tienes en el tuyo?

Somos así de duros con nuestro semejantes, como si nuestra naturaleza fuera angélica. Estamos en el tiempo de la MISERICORDIA DIVINA, pero para eso hay que tener la suficiente humildad para sentirnos pecadores, necesitados de perdón, y poner en marcha todo un proceso de conversión.

Y ante esta actitud tan humilde del Señor, el cielo se rasgó y el Espíritu Santo bajó hacia El en forma de paloma. Se oyó una voz que decía: Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.
Hoy debemos sentirnos agradecidos al Señor por su gran lección de humildad, y al mismo tiempo contemplar su figura, su Persona, como lo más querido por Dios. Nada hay más grande cerca de nosotros que Cristo. Por eso es tan importante la Eucaristía, la práctica religiosa, el seguimiento de Jesús. No hay salvación del hombre, de la humanidad, sino es siguiendo a Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida. No olvidemos lo que El dijo: Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que está unido a Mí da mucho fruto. Pero el sarmiento que no está unido a Mí, al tronco, se seca, y lo cortan para tirarlo al fuego.

Dice San Josemaría Escrivá en Surco: "¿Qué vale el hombre o el galardón más grande de la tierra, comparado con Jesucristo, que está siempre esperándote?" (n.664). Sigue a Jesús, y pasa por el bautismo de la penitencia, y revive tu condición de bautizado que te hizo hijo de Dios y miembro de la Iglesia, y tómate en serio tu fe. Este es mi Hijo muy amado, ¡escuchadle!, dice el Padre Dios. De esto dependen muchas cosas importantes en tu vida, y en la humanidad. Cristo es la salvación. Si te ha servido de algo estas celebraciones navideñas, no olvides que lo más importantes es que el Señor nació y se quedó entre nosotros para nuestro bien, para salvar nuestra dignidad, y para que seamos santos, como Dios es Santo.



Juan García Inza

miércoles, 5 de enero de 2011

Epifanía del Señor

Buscando la Estrella del Señor

La Epifanía es una de las fiestas litúrgicas más antiguas, más aún que la misma Navidad. Comenzó a celebrarse en Oriente en el siglo III y en Occidente se la adoptó en el curso del IV. Epifanía, voz griega que a veces se ha usado como nombre de persona, significa "manifestación", pues el Señor se reveló a los paganos en la persona de los magos.
Tres misterios se han solido celebrar en esta sola fiesta, por ser tradición antiquísima que sucedieron en una misma fecha aunque no en un mismo año; estos acontecimientos salvíficos son la adoración de los magos, el bautismo de Cristo por Juan y el primer milagro que Jesucristo, por intercesión de su madre, realizó en las bodas de Caná y que, como lo señala el evangelista Juan, fue motivo de que los discípulos creyeran en su Maestro como Dios.
Para los occidentales, que, como queda dicho más arriba, aceptaron la fiesta alrededor del año 400, la Epifanía es popularmente el día de los reyes magos. En la antífona de entrada de la misa correspondiente a esta solemnidad se canta: "Ya viene el Señor del universo. En sus manos está la realeza, el poder y el imperio". El verdadero rey que debemos contemplar en esta festividad es el pequeño Jesús. Las oraciones litúrgicas se refieren a la estrella que condujo a los magos junto al Niño Divino, al que buscaban para adorarlo.
Precisamente en esta adoración han visto los santos padres la aceptación de la divinidad de Jesucristo por parte de los pueblos paganos. Los magos supieron utilizar sus conocimientos-en su caso, la astronomía de su tiempo- para descubrir al Salvador, prometido por medio de Israel, a todos los hombres.
El sagrado misterio de la Epifanía está referido en el evangelio de san Mateo. Al llegar los magos a Jerusalén, éstos preguntaron en la corte el paradero del "Rey de los judíos". Los maestros de la ley supieron informarles que el Mesías del Señor debía nacer en Belén, la pequeña ciudad natal de David; sin embargo fueron incapaces de ir a adorarlo junto con los extranjeros. Los magos, llegados al lugar donde estaba el niño con María su madre, ofrecieron oro, incienso y mirra, sustancias preciosas en las que la tradición ha querido ver el reconocimiento implícito de la realeza mesiánica de Cristo (oro), de su divinidad (incienso) y de su humanidad (mirra).
A Melchor, Gaspar y Baltasar -nombres que les ha atribuido la leyenda, considerándolos tres por ser triple el don presentado, según el texto evangélico -puede llamárselos adecuadamente peregrinos de la estrella. Los orientales llamaban magos a sus doctores; en lengua persa, mago significa "sacerdote". La tradición, más tarde, ha dado a estos personajes el título de reyes, como buscando destacar más aún la solemnidad del episodio que, en sí mismo, es humilde y sencillo. Esta atribución de realeza a los visitantes ha sido apoyada ocasionalmente en numerosos pasajes de la Escritura que describen el homenaje que el Mesías de Israel recibe por parte de los reyes extranjeros.
La Epifanía, como lo expresa la liturgia, anticipa nuestra participación en la gloria de la inmortalidad de Cristo manifestada en una naturaleza mortal como la nuestra. Es, pues, una fiesta de esperanza que prolonga la luz de Navidad.
Esta solemnidad debería ser muy especialmente observada por los pueblos que, como el nuestro, no pertenecen a Israel según la sangre. En los tiempos antiguos, sólo los profetas, inspirados por Dios mismo, llegaron a vislumbrar el estupendo designio del Señor: salvar a la humanidad entera, y no exclusivamente al pueblo elegido.
Con conciencia siempre creciente de la misericordia del Señor, construyamos desde hoy nuestra espiritualidad personal y comunitaria en la tolerancia y la comprensión de los que son distintos en su conducta religiosa, o proceden de pueblos y culturas diferentes a los nuestros.
Sólo Dios salva: las actitudes y los valores humanos, la raza, la lengua, las costumbres, participan de este don redentor si se adecuan a la voluntad redentora de Dios, "nunca" por méritos propios. Las diversas culturas están llamadas a encarnar el evangelio de Cristo, según su genio propio, no a sustituirlo, pues es único, original y eterno.





VENIMOS EN BUSCA DE UNA ESTRELLA

Que nos haga apreciar que, Dios,
se manifiesta a los que le buscan
a los que, en medio de la noche clara u oscura,
no se detienen y averiguan y siguen rebuscando
al Dios escondido, al Dios que silenciosamente
sale al encuentro de todo hombre
VENIMOS EN BUSCA DE UNA ESTRELLA
Porque, acostumbrados a vivir a media luz,
añoramos la LUZ divina escondida en una gruta
Luz del cielo, para el hombre que camina en la tierra
VENIMOS EN BUSCA DE UNA ESTRELLA
Porque, su ruta, será nuestro peregrinar hasta Jesús
Su destello, hablará con lenguaje divino
Su presencia, nos llevará al Dios desconocido
VENIMOS EN BUSCA DE UNA ESTRELLA
Que nos guíe, frente a tanto desconcierto
Que nos ilumine, en medio de la noche
Que nos haga avanzar, cuando la fe se debilita
VENIMOS EN BUSCA DE UNA ESTRELLA
Porque, como exploradores de Dios,
no queremos perderlo en el horizonte de nuestra vida
porque, como hombres y mujeres de fe,
queremos llegar hasta el Señor, y ante El postrarnos,
y ofrecerle el incienso de nuestra admiración,
el oro de la riqueza de nuestra fe
junto a la mirra de nuestros pecados y fragilidad
VENIMOS EN BUSCA DE UNA ESTRELLA
Que nos haga creer, que Dios no se desentiende del mundo
palpar, que Dios espera al final de su destello
vibrar, al impresionarnos por todo un Dios humanado
VENIMOS EN BUSCA DE UNA ESTRELLA
Ayúdanos, Señor, a no perder de vista el cielo
aquella gran casa donde, con luz divina,
viven y se nos muestran infinidad de estrellas.
Amén.

Javier Leoz en Mercabá

sábado, 1 de enero de 2011

Segundo Domingo después de Navidad




En el principio creó Dios los cielos y la tierra (Gén 1, 1). En el principio existía la Palabra (Jn 1, 1) Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe (Jn 1, 3).
La Palabra es creadora
El evangelio de San Juan nos sitúa en un contexto de creación nueva, antes de los tiempos, en el “siempre” de Dios, en lo que nosotros llamamos principio. En Dios no hay principio, Él es eterno. El pasaje nos lleva a la eternidad divina, al sin tiempo de la Trinidad, a su voluntad creadora. Toda realidad existe por la Palabra., donde llega la Palabra todo se hace nuevo, todo recupera el sello de su Autor, revela y manifiesta al Dios que existe desde siempre y se da a conocer en el universo.
La Palabra es el Tú de Dios
La Trinidad es comunión plena en una expresión de amor, manifestada a través de la Palabra. La Palabra es el Tú de Dios, su íntima conversación intradivina, diálogo eterno. Dios pronuncia su Palabra, se comunica por su Palabra. El Tú de Dios, se ha hecho nuestro Tú, ha entrado en conversación con la humanidad, dialoga con la carne. Podemos hablar con Dios, ahora tenemos el lenguaje divino. Dios se ha hecho carne, se ha hecho Tú humano, para que desde ahora podamos hablar con Él.
Dios se revela en su Palabra.
Hasta ahora nadie conocía a Dios, ni siquiera era posible pronunciarlo. Desde ahora, por Jesucristo, que es el Testigo fiel, se nos ha dado a conocer. Ahora sabemos quién es Dios y quienes somos nosotros. Ya no hablamos de oídas, ya no tenemos que imaginar quién es el Creador, el Eterno, el Innombrable.«¿Quién como el Señor, Dios nuestro, que se eleva en su trono y se abaja para mirar al cielo y a la tierra?». Salmo 113 [112]), que ha comentado Benedicto XVI, en la Misa del Gallo.
La Palabra es vida
La Palabra es manifestación de un Dios que vive. Jesús proclama: “Yo soy la vida”. Todo ser viviente participa de la fuerza de la Palabra. Vivimos, respiramos, porque nos sostiene la Vida, que es la Palabra mantenida del Dios Creador, de Aquel que ha hecho todo por medio de su Palabra.
La Palabra es luz
Ante la Palabra no puede ninguna oscuridad. La tiniebla ya no es tiniebla, la noche es clara como el día. La Palabra ilumina la mente, transfigura la persona, da resplandor al rostro, manifiesta la gloria de Dios, brilla y fascina, embelesa, extasía. Nada como la Palabra da sentido a la historia. Desde ella todo tiene sentido, todo recupera su sentido. Ahora ya podemos conocer al Invisible, podemos contemplar el rostro velado desde siempre, ya no nos tenemos que ocultar ante la gloria resplandeciente y cegadora de Dios.
La Palabra diviniza
La Palabra transmite la vida divina, hace reconocerse hechura de Dios, introduce en la relación trinitaria, da poder para llamar a Dios: “Padre”, posibilita saberse siempre amado, hijo. La Palabra desvela la posibilidad más sobrecogedora, la de tener por Padre a Dios. Gracias a la Palabra somos hijos de Dios, hechos por su Palabra, pensados antes del tiempo, desde el principio, en su Hijo único, en su Palabra manifestada en la carne. Se nos ha posibilitado la oración, el amor, el trato, la familiaridad, con Dios, y se nos ha revelado la plenitud de la creación y de la humanidad.
Acojamos la Palabra
Se nos ha iniciado en la lengua de Dios. Al igual que el Verbo, así nosotros podamos estar ya siempre con Dios, junto a Dios, en Dios, pues la Palabra se ha hecho carne y acampa entre nosotros, con nosotros, en nosotros. Hablemos como hijos de Dios. Nos tratemos como hermanos. Reconozcamos en nosotros y en nuestro entorno al que hace existir la realidad y la mantiene con su Palabra.

Ángel Moreno de Buenafuente (en Ecclesia Digital)

viernes, 31 de diciembre de 2010

Dia 1 de Enero: Santa María Madre de Dios


Facilitamos el comentario litúrgico para este día del Predicador de la Casa Pontificia

Madre por la fe

El primer día del año la Iglesia celebra la solemnidad de María Santísima «Madre de Dios». Un título que expresa uno de los misterios y, para la razón, una de las paradojas más elevadas del cristianismo. Ha llenado de estupor la liturgia de la Iglesia, que exclama: «¡Lo que los cielos no pueden contener, se ha encerrado en tu seno, hecho hombre!».

Con motivo la Iglesia nos lleva a celebrar la fiesta de María Madre de Dios en la octava de Navidad. Fue en Navidad, de hecho, en el momento en que «dio a luz a su hijo primogénito» (Lucas 2,7), no antes, que María se convirtió verdadera y plenamente en Madre de Dios. Madre no es un título como los demás, que se añade desde fuera, sin incidir sobre el ser mismo de la persona. Se es madre pasando por una serie de experiencias que dejan esta huella para siempre y modifican no sólo la conformación del cuerpo de la mujer, sino también la conciencia que tiene de sí misma.

Al hablar de la maternidad divina de María, la Escritura pone constantemente de relieve dos elementos o momentos fundamentales que se corresponden, por lo demás, a los que la experiencia común humana considera esenciales para que se tenga una verdadera y plena maternidad. Son concebir y dar a luz. «He aquí que concebirás en tu seno y darás a luz un hijo» (Lc 1,31). Aquél que se «concibe» en ella procede del Espíritu Santo, y ella «dará a luz» un hijo (Mt 1,20 s). La profecía de Isaías, en la que todo ello se había preanunciado, se expresaba de igual forma: «Una virgen concebirá y dará a luz un hijo» (Is 7,14). He aquí por qué sólo en Navidad, cuando da a luz a Jesús, María se convierte, en sentido pleno, en Madre de Dios. El primer momento, concebir, es común tanto al padre como a la madre, mientras que el segundo, dar a luz, es exclusivo de la madre.

Madre de Dios es el más antiguo e importante título dogmático de la Virgen. Es el fundamento de toda su grandeza. Por eso María no es, en el cristianismo, sólo objeto de devoción, sino también de teología; o sea, entra en el discurso mismo sobre Dios, porque Dios está directamente implicado en la maternidad divina de María. Es también el título más ecuménico que existe, en cuanto que es compartido y acogido indistintamente, al menos en línea de principio, por todas las confesiones cristinas.

En el Nuevo Testamento no hallamos explícitamente el título «Madre de Dios» dado a María, pero encontramos afirmaciones que, en la atenta reflexión de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, mostrarán, a continuación, que contienen ya, como in nuce, tal verdad. María es llamada corrientemente en los Evangelios: «madre de Jesús», «madre del Señor», o sencillamente «la madre» y «su madre». De estos datos partió la Iglesia en el Concilio ecuménico de Éfeso, en el año 431, para definir como verdad de fe la divina maternidad de María y el título de Theotokos, Madre de Dios. Tal proclamación determinó una explosión de veneración hacia la Madre de Dios que no decayó jamás, ni en Oriente ni en Occidente, y que se traduce en fiestas litúrgicas, iconos, himnos y en la construcción de innumerables iglesias dedicadas a Ella, como Santa María la Mayor en Roma.

La maternidad física o real de María, con la relación excepcional y única que crea entre Ella y Jesús, y entre Ella y toda la Trinidad, es y sigue siendo, desde el punto de vista objetivo, lo más grande y el privilegio inigualable, pero es tal porque encuentra una respuesta subjetiva en la fe humilde de María. «María -dice San Agustín-- concibió a Cristo por fe en su corazón antes de concebirlo físicamente en su cuerpo». No podemos imitar a María en concebir a Cristo en el cuerpo; sin embargo podemos y debemos imitarla en concebirlo en el corazón, o sea, en creer.

sábado, 25 de diciembre de 2010

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA


Necesidad de un amor verdadero

Tomamos estas palabras de la Conferencia Episcopal Española en su Instrucción Pastoral:
LA FAMILIA, SANTUARIO DE LA VIDA Y ESPERANZA DE LA SOCIEDAD

1. “El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente”. Esta afirmación de Juan Pablo II al inicio de su pontificado expresa la condición humana, algo que toda persona experimenta. Todo hombre necesita el amor para reconocer la dignidad propia y de los otros y para encontrar un sentido valioso a su vida. Es el amor que le pueden ofrecer, en primer lugar, sus padres, su familia y, después, tantas otras personas. Y también la sociedad.

Efectivamente, la vida de las personas está decisivamente condicionada por la cultura de la sociedad en que vive. Cuando el amor por la verdad y el bien del hombre no impregna la cultura de las relaciones sociales y de la administración pública, el puesto central de la persona es sustituido por bienes menores, como los intereses económicos, de poder o de bienestar meramente material.

El hombre no puede vivir sin amor

2. Pero hay una forma de amor que aparece mucho más ligada a la realización de la persona, al logro de una vida plena, porque expresa relaciones que constituyen a la persona como tal: es el amor de los padres a los hijos (que está en el origen de cada persona, que viene a la existencia como hijo), y el amor del hombre y la mujer (pues la dimensión esponsal es también constitutiva de la persona).

La felicidad de las personas guarda una relación intrínseca con ese amor familiar. Por ello, muchos de los sufrimientos que marcan la vida de tantos hombres y mujeres hoy tienen que ver con expectativas frustradas en el ámbito del matrimonio y la familia. Y es que a la persona no le basta cualquier amor: necesita un amor verdadero, es decir, un amor que corresponda a la verdad del ser y de la vocación del hombre.

Amor en la familia y en la sociedad

Los cristianos sabemos que sólo en el misterio de Cristo se revela y se cumple en plenitud el misterio de la vida humana en todas sus dimensiones; sólo en el Hijo amado puede cada ser humano encontrar el amor del Padre eterno que sacia los anhelos más profundos de todos los corazones. Ese amor infinito llena de sentido la vida familiar y la convivencia social.

“Yo he venido para que tengan vida” (Jn 10,10)

Misión de la Iglesia: la evangelización

3. La predicación del Evangelio es la primera misión que Cristo encomienda a los apóstoles y a sus sucesores, los obispos, quienes tenemos el deber de llevarla a cabo en toda su integridad. Nuestra primera tarea es anunciar a Jesucristo, el Salvador de todo hombre, el camino, la verdad y la vida (cfr. Jn 14,6). En comunión pastoral con el sucesor de Pedro queremos seguir su invitación para adentrarnos en la contemplación del rostro de Cristo -en quien resplandece el hombre nuevo- y secundar dócilmente su envío misionero: ¡echad de nuevo las redes!.

Esta es la tarea que los Obispos encomiendan a la familia hoy: vivir el auténtico amor cristiano, que es todo lo contrario al egoísmo y a la prepotencia. En la familia este amor se traduce en servicio y esfuerzo por hacer la vida feliz a los demás. Y nos recuerdan que la familia es la primera comunidad evangelizadora. Ella ha de recibir el mensaje evangélico, y ella lo ha de trasmitir a todos sus miembros, y las personas de su entorno. La familia cristiana se ha de tomar en serio la defensa de la vida humana, y la atención al espíritu. Una familia es una comunidad de vida y amor, y si esto es una realidad su propio espíritu se contagia necesariamente a los demás. La familia es el ecosistema humano en donde el hombre nace, crece y se desarrolla como persona. Ella es patrimonio de la humanidad, y como tal debemos cuidarla y defenderla.
Que la Sagrada Familia sea modelo y ayuda para nuestras familias cristianas.

ORACION DE CONSAGRACIÓN DE NUESTRAS FAMILIAS A LA FAMILIA DE NAZARET

Padre Celestial, que has preparado el hogar de José y María para la llegada de tu Hijo, Jesucristo,
nosotros (decir los nombres de todos los miembros de la familia) N..., N....., N....
queremos consagrar nuestra familia a la Sagrada Familia de Nazareth.
Queremos que en nuestro hogar nos empeñemos en realizar el plan que has trazado para nuestras vidas.
Danos la gracia de esforzarnos en practicar en nuestra vida diaria los valores y las virtudes que son necesarios para hacer que:
- el amor venza nuestra tendencia al egoísmo;
- la cooperación y la solidaridad venzan nuestra tendencia a competir entre nosotros.
Concédenos que nos esforcemos en ser responsables en el trabajo, en el estudio, en el cumplimiento de nuestros deberes como personas y como familia.
Queremos que, según el ejemplo de Jesús, de María y de José, tengamos en cuenta lo que Tú quieres de nosotros, al tomar nuestras decisiones.
Te rogamos que tengamos siempre la lucidez del espíritu y la generosidad del corazón para emplear nuestras capacidades y nuestros bienes materiales de acuerdo con tu santa Voluntad.
Inspíranos para aprender a establecer las justas prioridades en el manejo de ese precioso don tuyo que es el tiempo. Y ante todo, que seamos más sensibles a las necesidades y a los sentimientos de las personas que queremos.
Padre Celestial, haz que nosotros vivamos siempre esta consagración esmerándonos en cultivar la paz, la confianza, la alegría y la comprensión entre nosotros los miembros de esta familia y con las demás personas, comenzando por las más cercanas.
Te rogamos que nos protejas y protejas también a las personas que amamos, de todos los males que puedan provenir de nosotros mismos, del mundo materialista que nos rodea y del espíritu maligno.
Haz que seamos más receptivos a la acción del Espíritu Santo y a la inspiración de la Santa Familia de Nazareth. Amén.

viernes, 24 de diciembre de 2010

NAVIDAD 2010. El Nacimiento del Señor



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Dios se hace Niño



En esta Navidad, Benedicto XVI sugiere reconocer al Niño Jesús en todos los niños, «alegría de la Iglesia» y «esperanza del mundo».

Es la propuesta que hizo este jueves al recibir, como es tradición, a un grupo de chicas y chicos de la Acción Católica Italiana, que vinieron al Vaticano a felicitarle por la Navidad.

«La maravilla que experimentamos ante el encanto de la Navidad se refleja en cierto sentido en la maravilla que suscita todo nacimiento y nos invita a reconocer al Niño Jesús en todos los niños, que son la alegría de la Iglesia y la esperanza del mundo», dijo el Papa a sus pequeños huéspedes en un clima de fiesta.

Según explicó el pontífice, «Navidad es el gran misterio de la Verdad y de la Belleza de Dios que viene entre nosotros para la salvación de todos».

«El nacimiento de Jesús no es un cuento --aclaró--: es una historia que sucedió realmente, acaecida en Belén hace dos mil años. La fe nos hace reconocer en ese pequeño Niño, nacido de la Virgen María, al verdadero Hijo de Dios, que por amor nuestro se hizo hombre».

«En el rostro del Niño Jesús contemplamos el rostro de Dios que no se revela con la fuerza o con la potencia, sino en la debilidad y en la frágil constitución de un niño», siguió indicando.
«Este “Niño divino”, envuelto en pañales y colocado en un pesebre con maternal atención por la Madre, María, revela toda la bondad y la infinita belleza de Dios».

«Muestra la fidelidad y la ternura del amor sin confines con que Dios nos rodea a cada uno de nosotros», recalcó.

«Por este motivo, hacemos fiesta en Navidad, reviviendo la misma experiencia de los pastores de Belén. Junto a tantos papás y mamás que todos los días tienen que hacer continuos sacrificios, junto a los pequeños, los enfermos, los pobres, hacemos fiesta porque con el nacimiento de Jesús el Padre celeste ha respondido al deseo de verdad, de perdón, y de paz de nuestro corazón».

«Y ha respondido con un amor tan grande que nos sorprende: ¡nadie hubiera podido imaginarlo, si Jesús no nos lo hubiera revelado!», señaló.

«La maravilla que experimentamos ante el encanto de la Navidad se refleja en cierto sentido en la maravilla que suscita todo nacimiento y nos invita a reconocer al Niño Jesús en todos los niños, que son la alegría de la Iglesia y la esperanza del mundo».

«El recién nacido que viene al mundo en Belén es el mismo Jesús que caminaba por los caminos de Galilea y que entregó la vida por nosotros en la Cruz; es el mismo Jesús que resucitó y, después de su subida al Cielo, sigue guiando a su Iglesia con la fuerza de su Espíritu. ¡Esta es la verdad bella y grande de nuestra fe cristiana!»

Dirigiéndose a los muchachos de la Acción Católica el Papa les aseguró que les «quiere», que confía en ellos y les encomendó «la tarea de ser amigos y testigos de Jesús, quien vino en Belén para estar entre nosotros».

«¿Acaso no es estupendo darlo a conocer cada vez más a vuestros amigos, en las ciudades, en las parroquias, y en vuestras familias?», les preguntó.

«La Iglesia tiene necesidad de vosotros para estar cerca de todos los niños y muchachos», reconoció.

«Testimoniad que Jesús no quita nada a vuestra alegría, sino que os hace más humanos, más verdaderos, más bellos», les dijo antes de despedirse.



Esto es la Navidad. Una puerta abierta a la esperanza, a la alegría, a la vida. No nos podemos quedar solamente con el Belén, ni menos con los demás adornos de estos días. Los símbolos e imágenes de la Navidad nos hablan de una realidad: Cristo sigue naciendo entre nosotros cada vez que se celebra la Eucaristía, y cada vez que acogemos Su Palabra, y siempre que abrazamos la vida de un niño, de un necesitado, de un amigo o familiar. Navidad es Jesús y somos todos. Dios nos demuestra su amor sin reservas, y María y José nos enseñan a acoger y cuidar a Cristo que viene a nosotros. Que seamos felices porque Dios nos ama.

FELIZ NAVIDAD A TODOS.
Juan García Inza