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miércoles, 30 de diciembre de 2009

Año Nuevo de la mano de la Virgen María


Madre de Dios y Madre nuestra



Al comienzo del nuevo año la Iglesia contempla a María, Madre de Dios y Madre nuestra. Y a ella confía esta nueva etapa del calendario civil, rogando que nos ayude a amar a Dios por encima de todo, que le dejemos a El ocupar en nuestra historia cotidiana el lugar que se merece, y que los hombres y poderes de este mundo respeten la libertad que en derecho le corresponde a la Iglesia para cumplir su misión evangelizadora.

En los últimos momentos de vida del SALVADOR, a los pies de la Cruz, con las Santas Mujeres y el Apóstol Juan, NUESTRA SEÑORA recibió la conclusión del testamento de su Divino HIJO. El SEÑOR nos dio SU MADRE, para ser también la MADRE de cada uno de nosotros. Sin duda, fue el más estimado y más valioso presente para la humanidad de todas las generaciones, el mejor de todos, porque nuestra SANTA MADRE siempre fue la perfecta y muy especial MADRE DE JESÚS.



A lo largo de la historia de estos veinte siglos de cristianismo, la VIRGEN MARIA nunca faltó y ni descuidó de Su Divina Misión. Siempre con muchos celos, se reveló una MADRE excepcional y admirable, desde el tiempo de las primeras Comunidades Cristianas, cuando participaba y acompañaba las principales reuniones de los Discípulos. Aunque no fuese cabeza del grupo de los Apóstoles, su presencia les recordaban a JESÚS, y ELLA se impuso amablemente, por su personalidad, por su sabiduría y carácter inequívocos. En varias oportunidades, ELLA era buscada por ellos para que les ayudase en sus decisiones. Los Discípulos tomaban consejos y sugerencias de MARIA, porque de hecho la palabra de ELLA era la Palabra de su propio Hijo Jesús. Por eso los Apóstoles sentían cuando Ella les dirigía la Palabra qué el ESPÍRITU DEL SEÑOR hablaba por sus labios...



Todas las personas que le buscaban, recibían una atención especial, los más cuidadosos desvelos, guiándoles y ofreciéndoles las mejores opciones de vivir, ofreciéndoles sugerencias para el camino mas seguro, las orientaciones más correctas para encontrar la perfección espiritual, los principios morales para una vida de acuerdo con la Voluntad de Dios..



¡En MARÍA estaba toda la historia de JESÚS!...



¡Muchas veces vendrían las caravanas de peregrinos para estar con ELLA, a fín de que conociesen de viva voz los recuerdos deliciosos de su Divino HIJO!...



¡Y muchas veces también, los Discípulos se sentarían a su lado y le pedirían que les contasen los pasajes de la Vida de NUESTRO SEÑOR que ellos no conocían. Y Ella les contaría con dulzura detalles de la vida oculta del Señor en el seno de la Sagrada Familia.



Eran lecciones de ternura, de una fidelidad permanente y un inmenso e ilimitado amor.



La tradición Cristiana mantiene que a los 72 años de edad ELLA dijo adiós a su vida terrestre. Nosotros decimos que ELLA dijo adiós, porque en el sentido correcto de la palabra, ELLA no murió, tuvo un sueño pasajero y fue transportada a los Cielos. Por eso celebramos la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma a los cielos Y nada más natural que haya sido así, al ser Ella concebida sin mancha de pecado y ser la MADRE DE JESUS. Desde el siglo V, la Iglesia conmemora este acontecimiento el 15 de agosto.



En el Cielo está junto a la Santísima Trinidad, y desde allí sigue preocupándose por sus hijos de la tierra. Por eso ella se ha manifestado tantas veces a lo largo de la historia para ayudarnos a caminar como hijos de Dios, y librarnos de todo mal. Ella es la Esperanza nuestra, el refugio de los pecadores, la Madre de la Iglesia, la Reina de la Paz…



Mirando sus imágenes nos sentimos confortados, y recibimos un estímulo en el corazón para seguir siendo fieles a nuestra fe, a nuestra vocación. Este es un buen día para decir con frecuencia: Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.



El Papa Benedicto XVI, al finalizar el año y comenzar uno nuevo, ha querido recordar los momentos importantes de su actividad apostólica, y las verdades doctrinales que ha tenido oportunidad de ofrecer a toda la humanidad:

-El matrimonio y la familia, tema central de su viaje a Valencia, en donde dijo, entre otras muchas cosas: Ante el problema de las decisiones definitivas, ¿el hombre puede responder que sí para toda la vida? SI. Ha sido creado para esto. Precisamente de esta manera se realiza la libertad del ser humano y así se crea también el ámbito sacro del matrimonio que se prolonga, llegando a ser familia y construye futuro.

-El problema de occidente lo abordó en Alemania: El gran problema de occidente es el olvido de Dios… Al tema de Dios están ligados dos temas: el sacerdocio y el diálogo. El sacerdocio como entrega total a Dios, y el dialogo entre fe y razón, que nunca deben estar opuestas. Hay que exponer las verdades de fe en un lenguaje comprensible para el hombre de hoy que está en un mundo secularizado. La razón necesita la Palabra de Dios, que es nuestra luz, y el coloquio de la razón.

-La libertad religiosa: abordada en su viaje a Turquía, en donde afirmó: Esperemos y recemos para que la libertad religiosa, que corresponde a la naturaleza misma de la fe, y está reconocida en los principios jurídicos tenga, tenga una realización práctica cada vez mayor.

-Y en su discurso a la Curia Romana con motivo de la Navidad habló de la PAZ: Tenemos que aprender que la paz solo puede existir si el dio y el egoísmo se superan desde dentro. En nuestra vida tenemos que llevar a cabo cuanto sucedió en el bautismo sacramentalmente: la muerte del hombre viejo para que resurja el hombre nuevo…¡Que la razón de la paz venza a la sinrazón de la violencia!, concluyó.



Que el nuevo año que comienza lo vivamos muy cerca de Dios y muy cerca de María, la Reina de la Paz, confiando en la divina Misericordia que quiere el bien para todos los hombres.



Juan García Inza

sábado, 19 de diciembre de 2009

Cuarto Domingo de Adviento (C)




Una gran mujer



La Virgen María es la gran protagonista de este tiempo de esperanza. Ella, como ninguna otra criatura, supo vivir la esperanza en el Mesías y preparó materialmente su venida al mundo. María es la mujer que mejor vivió el primer Adviento de la historia.

María es una gran mujer. Con una personalidad envidiable. Con una feminidad arrolladora. Una mujer fiel a la Palabra. Sacrificada, trabajadora, amante de su hogar. Ella es la MUJER. La llena de gracia y hermosura.

“En efecto, María es la criatura ; es el ideal supremo de la perfección que, en todo tiempo, han tratado los artistas de reproducir en sus obras; es (Apoc. 12,1), en la que los rayos purísimos de la belleza humana se encuentran con aquellos otros soberanos, pero accesibles, de la belleza sobrenatural. Y, ¿por qué todo esto? Porque María es la , o sea, podemos decir, la llena del Espíritu Santo, cuya luz brilla como un resplandor incomparable. Sí, tenemos necesidad de mirar a María, de señalar su belleza incontaminada, porque a nuestros ojos frecuentemente ofenden y casi ciegan las imágenes engañosas de la belleza de este mundo. ¡Cuantos nobles sentimientos, cuanto deseo de pureza, qué espiritualidad renovadora podría suscitar la contemplación de la belleza sublime!

“Ya que en nuestros días la mujer avanza en la vida social, nada más beneficioso y más jubiloso que el ejemplo de esta Virgen-Madre emitiendo destellos del Espíritu Santo que, con su belleza, resume y encarna los auténticos valores del espíritu” (Pablo VI).

En este Adviento volvemos nuestros ojos a María y nos quedamos contemplándola. Es un espectáculo. En ella observamos las virtudes ejemplares de una joven, de una esposa, de una madre, de una mujer corriente. En ella se palpa la filiación divina, el amor a la gracia, la grandeza de la castidad. En María destaca de un modo llamativo su respuesta a la Vocación.

“Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser hijos: a querer de verdad, sin medida; a ser sencillos, sin esas complicaciones que nacen del egoísmo de pensar sólo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que nada puede destruir nuestra esperanza. El principio del camino que lleva a la locura del amor de Dios es un confiado amor a María Santísima” (J. Escrivá de Balaguer).

Cogidos de la mano de la Señora, seguimos caminando hacia Belén en una Navidad que ya vamos a celebrar. Que estemos cerca de María para contemplar con fe y ternura al Niño Jesús, al Hijo de Dios.

Por se ha fijado en la humildad de su esclava, por eso la llamarán bienaventurada todas las generaciones.



Juan García Inza

sábado, 12 de diciembre de 2009

Domingo 3º de Adviento (C)



Siempre alegres



El tercer domingo de Adviento nos contagia de un ambiente de intensa alegría. La Navidad ya está muy cerca y hay que sonreír.



La alegría es virtud evangélica. El Señor vino a traernos su alegría: “Os he dicho estas cosas, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado” (Jn. 16,11). Un cristiano que es fiel a su vocación es esencialmente alegre. La alegría es compañera de nuestro camino. ¡Qué grande es nuestra alegría! Hay muchos que todavía no la entienden y prefieren seguir comprando sonrisas baratas en el mercado de la vida.



“No alcanzaremos jamás el buen humor, si no imitamos de verdad a Jesús; si no somos, como El, humildes. Insistiré de nuevo: ¿habéis visto donde se esconde la grandeza de Dios? En un pesebre, en unos pañales, en una gruta. La eficacia redentora de nuestras vidas sólo puede actuarse con la humildad, dejando de pensar en nosotros mismos y sintiendo la responsabilidad de ayudar a los demás” (J. Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 18). Por eso la navidad es especialmente alegre, porque es tiempo de paz, de sencillez, de encuentro con un Dios que se hace pequeño y nos sonríe desde su pobreza voluntaria.



“Nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor. El gran gozo anunciado por el Ángel, la noche de Navidad, lo será de verdad para todo el pueblo, tanto para el de Israel, que esperaba con ansia un Salvador, como para el pueblo innumerable de todos aquellos que, en el correr de los tiempos, acogerán su mensaje y se esforzarán por vivirlo. Fue la Virgen María la primera en recibir el anuncio del ángel Gabriel y su Magníficat era ya el himno de exultación de todos los humildes. Los misterios gozosos nos sitúan así, cada vez que recitamos el Rosario, ante el acontecimiento inefable, centro y culmen de la historia: la venida a la tierra del Emmanuel, Dios con nosotros. Juan Bautista, cuya misión es la de mostrarlo a Israel, había saltado de gozo en su presencia, cuando aún estaba en el seno de su madre. Cuando Jesús da comienzo a su ministerio, Juan se llena de alegría por la voz del Esposo” (Pablo VI, Exhortación A. Gaudete in Domino, III).



San Pablo nos grita a todos con pasión: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres” (Flp. 4,4). Estar alegres es caminar en la Verdad. Una vida auténtica es una vida inundada de sonrisas limpias.



En estos días últimos del Adviento, en los que solemos ya felicitar la Navidad, que lo hagamos con un sentido cristiano. Que Navidad sea realmente Natividad, siendo conscientes de lo que vamos a celebrar. Que no caigamos en la tentación progre de recuperar las fiestas y ritos paganos, superados hace ya dos mil años, de celebrar los solsticios de invierno, como si no hubiera pasado nada en este tiempo. La fiesta pagana de la luz fue cristianizada, como tantas otras costumbres, por la realidad histórica del Verbo Encarnado, Jesucristo, que dijo “Yo soy la Luz del mundo”. Hoy, los llamados progresistas quieren hacer un ejercicio retrógrado tratando de recuperar lo ya superado. En definitiva lo que pretenden es apagar, si pudieran, la Luz que nos trajo Cristo, y que cambió la historia de gran parte del mundo. Nosotros, con alegría, proclamaremos un año más que en Belén nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor, e iremos a adorarlo.



Que la Virgen María nos ayude a celebrar el Nacimiento histórico de Jesús, y el Nacimiento permanente del Señor en todos los que le abran las puertas de su alma.



Juan García Inza
juan.garciainza@gamil.com

sábado, 5 de diciembre de 2009

Domingo 2º de Adviento. Año C

Preparar un camino al señor




Este es el mensaje central de todo el Adviento: tenemos que preparar el camino del Señor, el paso de Dios junto a nosotros. Adviento significa advenimiento, llegada. Jesús está cerca y no podemos cruzarnos de brazos sin que nos importe su llegada, su presencia. Juan el Bautista se lanzó por los caminos de Palestina predicando la conversión, la penitencia, la vuelta a Dios que se acerca. Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.



El Señor espera nuestra colaboración. Y el mejor modo de corresponder al don de Dios es sentir la necesidad de ese don. Bienaventurados los pobres de espíritu, los que no se consideran satisfechos y hartos. Bienaventurados aquellos que tienen hambre de gracia y perdón, aquellos que esperan con inquietud y alegría a Dios que pasa dando. ¡Que necio eres si crees que ya lo tienes todo! ¡Qué pena si vuelves la espalda, o te sientas tranquilamente a esperar que te traigan los frutos a tus pies!



Este es el drama del cristiano frívolo y tibio, el oponer una increíble resistencia a la obra que Dios quiere hacer en su vida. Este es nuestro pecado: el habernos endurecido de tal modo que ya no nos llama nada la atención, y todo nos parece un cuento infantil.



Pero, recuerda lo que dice el Bautista: Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. ¡No seas sarmiento seco, higuera estéril, rama infecunda! Aprovecha el tiempo de gracia del Adviento para volver el rostro a Dios que nos trae el perdón y la vida del alma.



“Considera lo más hermoso y grande de la tierra…, lo que place al entendimiento y a las otras potencias…, y lo que es recreo de la carne y de los sentidos…

Y el mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas…, nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! -¡tuyo!-, tesoro infinito, margarita preciosísima, humillado, hecho esclavo, anonadado con forma de siervo en el portal donde quiso nacer, en el taller de José, en la Pasión y en la muerte ignominiosa… y en la locura de Amor de la Sagrada Eucaristía” (J. Escrivá, Camino, n. 432).



Sigue ese mandato que nos hace hoy Juan el Bautista: prepara el camino del Señor, para que el pueda llegar a ti con el don divino de la Redención, que es para ti y para mí. Echa a un lado todo aquello que en tu vida pueda obstaculizar el paso amoroso de Jesús. Y haz posible con tu estilo de vida que el Señor pueda llegar a otros muchos.



Juan García Inza

juangainza@ono.com

sábado, 28 de noviembre de 2009

Tiempo de Adviento. Tiempo de esperanza




Etimología de la palabra adviento



Advéntus se traduce en la Vulgata a parusía (venida) con sentido implícito de epifanía (manifestación). Así la palabra adviento significaría venida, advenimiento.

Es utilizada en el lenguaje pagano para indicar el advenimiento de la divinidad: su venida periódica y su presencia teofánica en el recinto sagrado del templo. En este sentido, la palabra advenimiento viene a significar retorno y aniversario.

También se utiliza la expresión para designar la entrada triunfal del emperador. En el lenguaje cristiano primitivo, con la expresión adventus se hace referencia a la última venida del Señor, a su vuelta gloriosa y definitiva.

Pero enseguida, al aparecer las fiestas de Navidad y Epifanía, adventus sirvió para significar la venida del Señor en la humildad de nuestra carne. Con todo, la palabra hace referencia a un tiempo de preparación que precede a las fiestas de Navidad y Epifanía.



Sentido del Adviento



Así lo explica el Cardenal Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI:



«El Adviento y la Navidad han experimentado un incremento de su aspecto externo y festivo profano tal que en el seno de la Iglesia surge de la fe misma una aspiración a un Adviento auténtico: la insuficiencia de ese ánimo festivo por sí sólo se deja sentir, y el objetivo de nuestras aspiraciones es el núcleo del acontecimiento, ese alimento del espíritu fuerte y consistente del que nos queda un reflejo en las palabras piadosas con que nos felicitamos las pascuas. ¿Cuál es ese núcleo de la vivencia del Adviento?



Podemos tomar como punto de partida la palabra «Adviento»; este término no significa «espera», como podría suponerse, sino que es la traducción de la palabra griega parusía, que significa «presencia», o mejor dicho, «llegada», es decir, presencia comenzada. En la antigüedad se usaba para designar la presencia de un rey o señor, o también del dios al que se rinde culto y que regala a sus fieles el tiempo de su parusía. Es decir, que el Adviento significa la presencia comenzada de Dios mismo. Por eso nos recuerda dos cosas: primero, que la presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado, y que él ya está presente de una manera oculta; en segundo lugar, que esa presencia de Dios acaba de comenzar, aún no es total, sino que esta proceso de crecimiento y maduración. Su presencia ya ha comenzado, y somos nosotros, los creyentes, quienes, por su voluntad, hemos de hacerlo presente en el mundo. Es por medio de nuestra fe, esperanza y amor como él quiere hacer brillar la luz continuamente en la noche del mundo. De modo que las luces que encendamos en las noches oscuras de este invierno serán a la vez consuelo y advertencia: certeza consoladora de que «la luz del mundo» se ha encendido ya en la noche oscura de Belén y ha cambiado la noche del pecado humano en la noche santa del perdón divino; por otra parte, la conciencia de que esta luz solamente puede —y solamente quiere— seguir brillando si es sostenida por aquellos que, por ser cristianos, continúan a través de los tiempos la obra de Cristo. La luz de Cristo quiere iluminar la noche del mundo a través de la luz que somos nosotros; su presencia ya iniciada ha de seguir creciendo por medio de nosotros. Cuando en la noche santa suene una y otra vez el himno Hodie Christus natus est, debemos recordar que el inicio que se produjo en Belén ha de ser en nosotros inicio permanente, que aquella noche santa es nuevamente un «hoy» cada vez que un hombre permite que la luz del bien haga desaparecer en él las tinieblas del egoísmo (...) el niño ‑ Dios nace allí donde se obra por inspiración del amor del Señor, donde se hace algo más que intercambiar regalos.



Adviento significa presencia de Dios ya comenzada, pero también tan sólo comenzada. Esto implica que el cristiano no mira solamente a lo que ya ha sido y ya ha pasado, sino también a lo que está por venir. En medio de todas las desgracias del mundo tiene la certeza de que la simiente de luz sigue creciendo oculta, hasta que un día el bien triunfará definitivamente y todo le estará sometido: el día que Cristo vuelva. Sabe que la presencia de Dios, que acaba de comenzar, será un día presencia total. Y esta certeza le hace libre, le presta un apoyo definitivo (...)».



Alegraos en el Señor



(...) «“Alegraos, una vez más os lo digo: alegraos”. La alegría es fundamental en el cristianismo, que es por esencia evangelium, buena nueva. Y sin embargo es ahí donde el mundo se equivoca, y sale de la Iglesia en nombre de la alegría, pretendiendo que el cristianismo se la arrebata al hombre con todos sus preceptos y prohibiciones. Ciertamente, la alegría de Cristo no es tan fácil de ver como el placer banal que nace de cualquier diversión. Pero sería falso traducir las palabras: «Alegraos en el Señor» por estas otras: «Alegraos, pero en el Señor», como si en la segunda frase se quisiera recortar lo afirmado en la primera. Significa sencillamente «alegraos en el Señor», ya que el apóstol evidentemente cree que toda verdadera alegría está en el Señor, y que fuera de él no puede haber ninguna. Y de hecho es verdad que toda alegría que se da fuera de él o contra él no satisface, sino que, al contrario, arrastra al hombre a un remolino del que no puede estar verdaderamente contento. Por eso aquí se nos hace saber que la verdadera alegría no llega hasta que no la trae Cristo, y que de lo que se trata en nuestra vida es de aprender a ver y comprender a Cristo, el Dios de la gracia, la luz y la alegría del mundo. Pues nuestra alegría no será auténtica hasta que deje de apoyarse en cosas que pueden sernos arrebatadas y destruidas, y se fundamente en la más íntima profundidad de nuestra existencia, imposible de sernos arrebatada por fuerza alguna del mundo. Y toda pérdida externa debería hacernos avanzar un paso hacia esa intimidad y hacernos más maduros para nuestra vida auténtica.



Así se echa de ver que los dos cuadros laterales del tríptico de Adviento, Juan y María, apuntan al centro, a Cristo, desde el que son comprensibles. Celebrar el Adviento significa, dicho una vez más, despertar a la vida la presencia de Dios oculta en nosotros. Juan y María nos enseñan a hacerlo. Para ello hay que andar un camino de conversión, de alejamiento de lo visible y acercamiento a lo invisible. Andando ese camino somos capaces de ver la maravilla de la gracia y aprendemos que no hay alegría más luminosa para el hombre y para el mundo que la de la gracia, que ha aparecido en Cristo. El mundo no es un conjunto de penas y dolores, toda la angustia que exista en el mundo está amparada por una misericordia amorosa, está dominada y superada por la benevolencia, el perdón y la salvación de Dios. Quien celebre así el Adviento podrá hablar con derecho de la Navidad feliz bienaventurada y llena de gracia. Y conocerá cómo la verdad contenida en la felicitación navideña es algo mucho mayor que ese sentimiento romántico de los que la celebran como una especie de diversión de carnaval».



Estar preparados...



«En el capitulo 13 que Pablo escribió a los cristianos en Roma, dice el Apóstol lo siguiente: “La noche va muy avanzada y se acerca ya el día. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y vistamos las armas de la luz. Andemos decentemente y como de día, no viviendo en comilonas y borracheras, ni en amancebamientos y libertinajes, ni en querellas y envidias, antes vestíos del Señor Jesucristo...” Según eso, Adviento significa ponerse en pie, despertar, sacudirse del sueño. ¿Qué quiere decir Pablo? Con términos como “comilonas, borracheras, amancebamientos y querellas” ha expresado claramente lo que entiende por «noche». Las comilonas nocturnas, con todos sus acompañamientos, son para él la expresión de lo que significa la noche y el sueño del hombre. Esos banquetes se convierten para San Pablo en imagen del mundo pagano en general que, viviendo de espaldas a la verdadera vocación humana, se hunde en lo material, permanece en la oscuridad sin verdad, duerme a pesar del ruido y del ajetreo. La comilona nocturna aparece como imagen de un mundo malogrado. ¿No debemos reconocer con espanto cuan frecuentemente describe Pablo de ese modo nuestro paganizado presente? Despertarse del sueño significa sublevarse contra el conformismo del mundo y de nuestra época, sacudirnos, con valor para la virtud v la fe, sueño que nos invita a desentendernos a nuestra vocación y nuestras mejor posibilidades. Tal vez las canciones del Adviento, que oímos de nuevo esta semana se tornen señales luminosas para nosotros que nos muestra el camino y nos permiten reconocer que hay una promesa más grande que la el dinero, el poder y el placer. Estar despiertos para Dios y para los demás hombres: he ahí el tipo de vigilancia a la que se refiere el Adviento, la vigilancia que descubre la luz y proporciona más claridad al mundo».



Juan el Bautista y María



«Juan el Bautista y María son los dos grandes prototipos de la existencia propia del Adviento. Por eso, dominan la liturgia de ese período. ¡Fijémonos primero en Juan el Bautista! Está ante nosotros exigiendo y actuando, ejerciendo, pues, ejemplarmente la tarea masculina. Él es el que llama con todo rigor a la metanoia, a transformar nuestro modo de pensar. Quien quiera ser cristiano debe “cambiar” continuamente sus pensamientos. Nuestro punto de vista natural es, desde luego, querer afirmarnos siempre a nosotros mismos, pagar con la misma moneda, ponernos siempre en el centro. Quien quiera encontrar a Dios tiene que convertirse interiormente una y otra vez, caminar en la dirección opuesta. Todo ello se ha de extender también a nuestro modo de comprender la vida en su conjunto. Día tras día nos topamos con el mundo de lo visible. Tan violentamente penetra en nosotros a través de carteles, la radio, el tráfico y demás fenómenos de la vida diaria, que somos inducidos a pensar que sólo existe él. Sin embargo, lo invisible es, en verdad, más excelso y posee más valor que todo lo visible. Una sola alma es, según la soberbia expresión de Pascal, más valiosa que el universo visible. Mas para percibirlo de forma vida es preciso convertirse, transformarse interiormente, vencer la ilusión de lo visible y hacerse sensible, afinar el oído y el espíritu para percibir lo invisible. Aceptar esta realidad es más importante que todo lo que, día tras día, se abalanza violentamente sobre nosotros. Metanoeite: dad una nueva dirección a vuestra mente, disponedla para percibir la presencia de Dios en el mundo, cambiad vuestro modo de pensar, considerar que Dios se hará presente en el mundo en vosotros y por vosotros. Ni siquiera Juan el Bautista se eximió del difícil acontecimiento de transformar su pensamiento, del deber de convertirse. ¡Cuán cierto es que éste es también el destino del sacerdote y de cada cristiano que anuncia a Cristo, al que conocemos y no conocemos!».



Creo que nos es necesario añadir nada más. Solo una invitación a meditar estas palabras llenas de sabiduría teológica, y de profunda espiritualidad. Que nos falte la esperanza activa, el deseo hecho realidad de Cristo que quiere nacer en nosotros.



Juan García Inza

juangainza@ono.com

sábado, 21 de noviembre de 2009

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Ciclo B

Sagrada Escritura

Primera: Dan 7, 13-14;
Salmo 93
Segunda: Ap 1, 5-8;
Evangelio: Jn 18, 33b-37




Nexo entre las lecturas

No puede haber otro tema dominante en este día que la realeza de Jesucristo. Esta realeza está prefigurada en el texto del profeta Daniel: "Le dieron poder, honor y reino... su reino no será destruido" (primera lectura). En el evangelio la realeza de Jesús viene afirmada en términos categóricos: "Pilatos le dijo: ¿Luego tú eres rey?. Jesús respondió: Sí, como dices, soy rey". La segunda lectura, tomada del Apocalipsis, confirma y canta la realeza de Jesús: "A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén". Al mismo tiempo los cristianos son hechos partícipes de la realeza de Cristo: "Ha hecho de nosotros un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre".


Mensaje doctrinal

1. Dos concepciones del rey. Pilatos y Jesús representan dos concepciones contrapuestas del rey y de la realeza. Pilatos no puede concebir otro rey ni otro reino que un hombre con poder absoluto como el emperador Tiberio o por lo menos con poder limitado a un territorio y a unos súbditos, como el famoso Herodes el Grande. Jesús, sin embargo, habla de un reino que no es de este mundo, es decir, no tiene en el mundo de los hombres su proveniencia, sino en solo Dios. Pilatos piensa en un reino que se funda sobre un poder que se impone por la fuerza del ejército, mientras que Jesús tiene en mente un reino impuesto no por la fuerza militar (en ese caso "mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos"), sino por la fuerza de la verdad y del amor. Pilatos no puede concebir de ninguna manera un rey que es condenado a muerte por sus mismos súbditos sin que oponga resistencia, y Jesús está convencido y seguro de que sobre el madero de la cruz va a instaurar de modo definitivo y perfecto su misterioso reino. Para Pilatos decir que alguien reina después de muerto es un contrasentido y un absurdo, para Jesús, sin embargo, está perfectamente claro que es la más verdadera realidad, porque la muerte no puede destruir el reino del espíritu. Dos reinos diversos, dos concepciones diferentes. Después de dos mil años del histórico encuentro entre Jesús y Pilatos, ¿no es la concepción de Jesucristo la única que ha podido pasar el test de la historia?

2. Características del reino. El reino de Jesús es un reino preanunciado, en el que se cumple lo que los profetas de siglos anteriores habían prometido de parte de Dios. El señorío de Jesús es el del Hijo del hombre, a quien Dios le entrega todo poder y todo reino (primera lectura). En segundo lugar, es un reino que vence todas las potencias del mal, simbolizadas por Daniel en las cuatro bestias; Cristo en, efecto, las vencerá todas en la cruz, que el evangelista Juan ve como un trono, poniendo tales potencias demoníacas como escabel de sus pies. En tercer lugar, el reino de Jesucristo goza de una gran singularidad: no es de este mundo, pero está presente en este mundo, aunque no se vea porque pertenece al reino del espíritu. En cuarto lugar, el rey se define como testimonio de la verdad, y los súbditos como los que son de la verdad y escuchan su voz. Sí, Cristo es rey en cuanto da testimonio de la verdad, es decir, de la Palabra del Padre que él encarna, y que el Espíritu interioriza y hace eficaz en los corazones de los hombres. Los hombres son súbditos de Cristo Rey si son de la verdad, es decir, si viven, piensan y actúan movidos por sintonía y connaturalidad con la Palabra de Jesucristo. En quinto lugar, Jesús no es rey del espacio, sino del tiempo, de todos los tiempos. El es el alfa y la omega, el centro del tiempo y su principio normativo, "Aquél que es, que era y que va a venir". Finalmente, Jesucristo no sólo es rey, sino que hace partícipes de su realeza a los cristianos: Ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre. De esta manera, los cristianos participan del reinado de Cristo, con las características ahora descritas.


Sugerencias pastorales

1. Dejar al Rey serlo de verdad. Cuando un rey es despótico, tirano, esquilmador de sus súbditos, entonces es justo y obligado rebelarse contra él. Pero si un rey es justo, bueno, entregado al bienestar de sus súbditos, comprensivo, buen gobernante, es necesario que los súbditos le dejen hacer el rey y serlo de verdad. El absolutismo regio de siglos pasados ha perturbado y desfigurado la figura noble de un rey auténtico. Hay que hacer todo lo posible para recuperarla en la mentalidad común de los hombres, particularmente de los cristianos, porque no podemos renunciar a llamar a Jesucristo, Señor y Rey del universo. Y sería penoso que los cristianos, al menos algunos, entendieran ese reinado de Jesús con las características negativas de un soberano absoluto y despótico. Jesucristo quiere reinar -para eso ha venido a este mundo-; hay que dejar a Cristo ser rey de verdad. Ser rey como él quiere serlo, no conforme a concepciones políticas trasnochadas; ser rey de todos los hombres y de todo el hombre: de sus pensamientos y sentimientos, de su voluntad y afectividad, de su tiempo y de su existencia; de su trabajo y de su descanso; de toda la vida del hombre para infundir en ella una presencia divina, una soberanía que eleva, una realeza espiritual. ¿Cuál es tu concepción de Jesucristo rey? ¿Dejas a Jesucristo ser verdaderamente rey de tu vida? ¿Qué haces, qué puedes hacer para que Cristo reine en el corazón de los hombres y de la historia? ¿Qué vas a prometer a Jesús en su fiesta de Rey del universo?

2. Un reino de sacerdotes. En Jesucristo se unen en el madero de la cruz su sacerdocio y su realeza. Nosotros, los cristianos, somos pueblo de reyes y somos un reino de sacerdotes en virtud de la muerte y resurrección de Jesucristo. Somos un reino de sacerdotes porque amamos y seguimos la doctrina de la verdad, porque todos juntos en la liturgia cantamos las alabanzas y glorias del Señor, porque movidos por la fe dejamos que él guíe nuestros pasos hacia el Padre. Todos. Cada uno en su individualidad, y todos como comunidad de fe y de adoración. Somos además un pueblo de reyes, porque el reinado de Jesucristo no somete ni esclaviza, sino que hace hombres libres, perfectamente libres frente a sí mismo y a las propias pasiones, frente al mundo con sus poderes y sus insidias, frente a Dios que atrae con ternura y con amor. Estoy convencido de que la belleza de la vida cristiana está escondida para la mayoría de los hombres. Porque estoy plenamente seguro de que nos enamoraríamos de ella, el día que la entreviéramos y se nos abrieran los ojos de la inteligencia y del amor. De todos y cada uno de nosotros depende el que la Iglesia sea un pueblo de reyes y un reino de sacerdotes.

P. Antonio Izquierdo en Catholic.nec

sábado, 14 de noviembre de 2009

Domingo 33 del T.O. Ciclo B

Primera: Dan 12, 1-3; Salmo 16; Segunda: Heb 10, 11-14.18; Evangelio: Mc 13, 24-32


El final de los tiempos
Nexo entre las lecturas

Al terminar el ciclo litúrgico B la liturgia de la Iglesia no puede ofrecernos un mejor tema que el de la esperanza. Daniel, mirando esperanzadamente hacia el futuro, profetizará: "Entonces se salvará tu pueblo, todos los inscritos en el libro". En el discurso escatológico Jesús ve el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento: "El Hijo del hombre... reunirá de los cuatro vientos a los elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo" (Evangelio). El autor de la carta a los Hebreos contempla a Cristo sentado a la derecha de Dios, esperando hasta que sus enemigos sean puestos como escabel de sus pies (segunda lectura).


Mensaje doctrinal

1. No un reportaje, sino un misterio. Ni los profetas ni los evangelistas fueron reporteros de su tiempo, mucho menos del fin de los tiempos, que a la vez que desconocen no dejan empero de anunciar. Mediante un lenguaje misterioso, marcadamente simbólico, intentan meternos a los lectores u oyentes en el misterio del fin del tiempo y de la historia. Es necesario por tanto estar atentos para no confundir lenguaje y mensaje. El lenguaje no puede no ser antropomórfico: el fin del mundo visto como una conflagración universal aterradora, una especie de terremoto cósmico que conmueve el universo entero y lo destruye por completo, un cataclismo imponente cuyo fuego incandescente devora abrasador toda la materia. Oculto tras esta representación escénica de impresionante viveza, hay un mensaje divino: "El mundo no es eterno. La historia tendrá un fin". El ropaje literario, propio de la apocalíptica judía, muy apropiado para los tiempos que corrían de persecución (en el caso de Daniel la persecución de Antíoco IV Epifanes, en tiempos de Marcos posiblemente la de Nerón), no debe distraernos, mucho menos angustiarnos, y menos todavía ocultarnos y hacernos perder el mensaje de revelación de Dios. El mensaje es revelación de Dios, y por tanto cierto, irrevocable, verdadero, válido. "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". En cuanto misterio, sin embargo, no está al alcance de nuestro humano conocimiento ni es manipulable para satisfacción de nuestra curiosidad o de nuestro orgullo. Como misterio es irrupción imprevisible, aparición repentina e inasible, desvelamiento inesperado y deslumbrante. Como misterio se espera de Dios, el Señor del misterio, en actitud vigilante y confiada.

2. El fin de la vida y el fin del tiempo. Para el evangelista Marcos la destrucción de Jerusalén y del templo sirve de símbolo de los tiempos finales del mundo y de la historia. Igualmente, la imagen de la higuera desde que florece en primavera hasta que maduran los higos sirve para señalar el tiempo intermedio entre la historia concreta de su época y el final de la historia. Hay pues una relación entre el tiempo y la eternidad, entre el fin de una época y el fin de la historia, entre el fin de la vida y el fin del tiempo. Entre ambos fines hay ciertas semejanzas: en primer lugar, la certeza del fin, evidente respecto al fin de la vida, objeto de fe respecto al del tiempo; luego, su carácter imprevisible, totalmente en cuanto al fin del tiempo, parcialmente en cuanto al fin de la vida; además, su valor decisivo: en un caso se decide sobre la suerte del individuo, en el otro sobre la suerte de la humanidad entera. Finalmente, ambos revelan la condición del hombre y de su mundo, una condición limitada, imperfecta, precaria, que remite necesariamente a otra realidad superior donde esa condición recibe perfección y completamiento. De esta manera el final de la vida equivale en cierto modo al final del tiempo para cada ser humano; y el final del tiempo en alguna manera está prefigurado en el final de la vida. Con la muerte, podemos decir, llega a cada hombre el final de su tiempo en espera del final de todos los tiempos. Ambos finales se viven a la luz resplandeciente de la esperanza cristiana.


Sugerencias pastorales

1. Esperanza y esperanzas. Es un tópico decir que el hombre vive de esperanza. Y es verdad. El niño espera hacerse grande o tener una motocicleta. El estudiante espera aprobar los exámenes. Los recién casados esperan tener un hijo. El desocupado espera encontrar un trabajo. El encarcelado espera dejar cuanto antes la cárcel. El comerciante que acaba de montar un negocio espera que le vaya bien... Esperanzas, esperanzas, esperanzas. Todas buenas, legítimas, incluso necesarias. Pero al fin y al cabo esperanzas pequeñas, esperanzas de calderilla. Esperanzas unidas a un bien que no tenemos y que deseamos poseer. Esperanzas que nos remiten a la Esperanza, con mayúscula, en singular, que nos remonta desde las circunstancias mismas de la vida diaria y corriente hasta Dios Nuestro Señor. Esperanzas que no siempre son satisfechas, que nos pueden engañar y desilusionar, que en su poquedad y labilidad nos hacen pensar en aquella Esperanza que no engaña, que mantiene despierta siempre la ilusión y que goza de inamovible firmeza y de absoluta garantía. La Esperanza con mayúscula no es fruto de nuestro esfuerzo ni de nuestros ardientes deseos, sino gracia y carisma del Espíritu, virtud teologal que tiene por anhelo al mismo Dios y la unión definitiva y perfecta con Él. Es ésta la esperanza que nos da acceso a la plenitud y a la realización de nuestro ser personal desde Dios, en Dios y con Dios. Es la Esperanza que todos debemos tener, que a todos deseo.

2. Un "happy end" para el cristiano. Jesucristo al hablar de la hora final, según el evangelio de Marcos, menciona sólo a los elegidos; de los condenados, si es que hubiere, cosa que nos es desconocida, no se nos dice nada en Marcos. El último día se cerrará con un happy end. ¡Que lo sepan y tengan presente todos los profetas de calamidades! La suerte final de cada hombre está envuelta en el misterio más absoluto (sabemos solamente que están en el cielo los santos canonizados), pero un final como el del evangelio de hoy infunde un gran consuelo y una extraordinaria confianza en el poder y en la misericordia de Dios. Porque hemos de saber que no sólo estamos en espera en este mundo, sino que somos esperados en el otro primeramente por Dios, pero luego por la santísima Virgen María, por los santos, por nuestros familiares, por todos nuestros seres queridos. Todos los que nos esperan están interesados en que nuestra vida termine bien, en que la historia de la humanidad y del universo culmine con un happy end solemne y general. Para eso Cristo, nuestro sumo Sacerdote, murió en una cruz y ahora, entronizado junto a su Padre, nos espera para darnos el abrazo de la comunión definitiva y perfecta. Nos lo dará si nos dejamos santificar por él, es decir, si permitimos que haga fructificar los frutos de su redención en nosotros.
Autor: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net