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domingo, 30 de mayo de 2010

Santísima Trinidad




Ciclo C









Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo



Podemos contemplar a la santísima Trinidad desde la Teología Dogmática. Hay grandes tratados sobre Ella. Pero para una homilía resultaría un tanto árida y difícil de abarcar en pocos minutos. Es más práctico acercarnos a Dios Uno y Trino desde la Teología espiritual, y ver el modo de tratar a Dios con amor. Uno de los Santos que mejor enseñó a relacionarnos con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo fue San Josemaría Escrivá. De sus abundantes escritos ofrecemos algunas de sus consideraciones: Aprende a alabar al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Aprende a tener una especial devoción a la Santísima Trinidad: creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo; espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo; amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Creo, espero y amo a la Trinidad Beatísima.

—Hace falta esta devoción como un ejercicio sobrenatural del alma, que se traduce en actos del corazón, aunque no siempre se vierta en palabras.

Forja, 296



Dios está contigo. En tu alma en gracia habita la Trinidad Beatísima.

—Por eso, tú, a pesar de tus miserias, puedes y debes estar en continua conversación con el Señor.

Forja, 261



Tratar a cada una de las Personas divinas.

Habíamos empezado con plegarias vocales, sencillas, encantadoras, que aprendimos en nuestra niñez, y que no nos gustaría abandonar nunca. La oración, que comenzó con esa ingenuidad pueril, se desarrolla ahora en cauce ancho, manso y seguro, porque sigue el paso de la amistad con Aquel que afirmó: Yo soy el camino. Si amamos a Cristo así, si con divino atrevimiento nos refugiamos en la abertura que la lanza dejó en su Costado, se cumplirá la promesa del Maestro: cualquiera que me ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él.

El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!

Amigos de Dios, 303



Dios Padre

Los hijos... ¡Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres!

Y los hijos de Reyes, delante de su padre el Rey, ¡cómo procuran guardar la dignidad de la realeza!

Y tú... ¿no sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre-Dios?

Camino, 265



Jesucristo

Jesús es el Camino, el Mediador; en El, todo; fuera de El, nada. En Cristo, enseñados por El, nos atrevemos a llamar Padre Nuestro al Todopoderoso: el que hizo el cielo y la tierra es ese Padre entrañable que espera que volvamos a el continuamente, cada uno como un nuevo y constante hijo pródigo.

Es Cristo que pasa, 91



El Espíritu Santo

Frecuenta el trato del Espíritu Santo —el Gran Desconocido— que es quien te ha de santificar.

No olvides que eres templo de Dios. —El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones.

Camino, 57



No te limites a hablar al Paráclito, ¡óyele!

En tu oración, considera que la vida de infancia, al hacerte descubrir con hondura que eres hijo de Dios, te llenó de amor filial al Padre; piensa que, antes, has ido por María a Jesús, a quien adoras como amigo, como hermano, como amante suyo que eres...



Después, al recibir este consejo, has comprendido que, hasta ahora, sabías que el Espíritu Santo habitaba en tu alma, para santificarla..., pero no habías "comprendido" esa verdad de su presencia. Ha sido precisa esa sugerencia: ahora sientes el Amor dentro de ti; y quieres tratarle, ser su amigo, su confidente..., facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender...

¡No sabré hacerlo!, pensabas. —Óyele, te insisto. El te dará fuerzas, El lo hará todo, si tú quieres..., ¡que sí quieres!

—Rézale: Divino Huésped, Maestro, Luz, Guía, Amor: que sepa agasajarte, y escuchar tus lecciones, y encenderme, y seguirte y amarte.

Forja, 430



Nuestra Señora

Trata a las tres Personas, a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo. Y para llegar a la Trinidad Beatísima, pasa por María.

Forja, 543



¡Cómo gusta a los hombres que les recuerden su parentesco con personajes de la literatura, de la política, de la milicia, de la Iglesia!...

—Canta ante la Virgen Inmaculada, recordándole:

Dios te salve, María, hija de Dios Padre: Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo: Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo... ¡Más que tú, sólo Dios!

Camino, 496



Juan García Inza

sábado, 24 de abril de 2010

Domingo IV de Pascua




Ciclo C


Mis ovejas escuchan mi voz



Este domingo es el llamado del Buen Pastor, porque siempre nos ofrece el Evangelio a Cristo bajo la figura entrañable de un pastor bueno que ama y cuida de sus ovejas. Y el pueblo de Dios es considerado como un rebaño que escucha la voz de su Pastor para ir por el camino auténtico.

Es fundamental para la buena marcha del Reino de Dios que escuchemos la voz del Buen Pastor. El sabe mejor que nadie lo que cada uno necesita y lo que necesita la Iglesia. Y hoy la Iglesia necesita buenos pastores que se ocupen de las almas. Por eso en este domingo se celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Ofrecemos el mensaje del Papa Benedicto XVI para este dia:



Venerados Hermanos en el Episcopado,

queridos hermanos y hermanas:



La Jornada Mundial de Oración por las vocaciones de cada año ofrece una buena oportunidad para subrayar la importancia de las vocaciones en la vida y en la misión de la Iglesia, e intensificar la oración para que aumenten en número y en calidad. Para la próxima Jornada propongo a la atención de todo el pueblo de Dios este tema, nunca más actual: «la vocación al servicio de la Iglesia comunión».



El año pasado, al comenzar un nuevo ciclo de catequesis en las Audiencias generales de los miércoles, dedicado a la relación entre Cristo y la Iglesia, señalé que la primera comunidad cristiana se constituyó, en su núcleo originario, cuando algunos pescadores de Galilea, habiendo encontrado a Jesús, se dejaron cautivar por su mirada, por su voz, y acogieron su apremiante invitación: «Seguidme, os haré pescadores de hombres» (Mc 1, 17; cf Mt 4, 19). En realidad, Dios siempre ha escogido a algunas personas para colaborar de manera más directa con Él en la realización de su plan de salvación. En el Antiguo Testamento al comienzo llamó a Abrahán para formar «un gran pueblo» (Gn 12, 2), y luego a Moisés para liberar a Israel de la esclavitud de Egipto (cf Ex 3, 10). Designó después a otros personajes, especialmente los profetas, para defender y mantener viva la alianza con su pueblo. En el Nuevo Testamento, Jesús, el Mesías prometido, invitó personalmente a los Apóstoles a estar con él (cf Mc 3, 14) y compartir su misión. En la Última Cena, confiándoles el encargo de perpetuar el memorial de su muerte y resurrección hasta su glorioso retorno al final de los tiempos, dirigió por ellos al Padre esta ardiente invocación: «Les he dado a conocer quién eres, y continuaré dándote a conocer, para que el amor con que me amaste pueda estar también en ellos, y yo mismo esté con ellos» (Jn 17, 26). La misión de la Iglesia se funda por tanto en una íntima y fiel comunión con Dios.



La Constitución «Lumen gentium» del Concilio Vaticano II describe la Iglesia como «un pueblo reunido por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (n. 4), en el cual se refleja el misterio mismo de Dios. Esto comporta que en él se refleja el amor trinitario y, gracias a la obra del Espíritu Santo, todos sus miembros forman «un solo cuerpo y un solo espíritu» en Cristo. Sobre todo cuando se congrega para la Eucaristía ese pueblo, orgánicamente estructurado bajo la guía de sus Pastores, vive el misterio de la comunión con Dios y con los hermanos. La Eucaristía es el manantial de aquella unidad eclesial por la que Jesús oró en la vigilia de su pasión: «Padre… que también ellos estén unidos a nosotros; de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado» (Jn 17, 21). Esa intensa comunión favorece el florecimiento de generosas vocaciones para el servicio de la Iglesia: el corazón del creyente, lleno de amor divino, se ve empujado a dedicarse totalmente a la causa del Reino. Para promover vocaciones es por tanto importante una pastoral atenta al misterio de la Iglesia-comunión, porque quien vive en una comunidad eclesial concorde, corresponsable, atenta, aprende ciertamente con más facilidad a discernir la llamada del Señor. El cuidado de las vocaciones, exige por tanto una constante «educación» para escuchar la voz de Dios, como hizo Elí que ayudó a Samuel a captar lo que Dios le pedía y a realizarlo con prontitud (cf 1 Sam 3, 9). La escucha dócil y fiel sólo puede darse en un clima de íntima comunión con Dios. Que se realiza ante todo en la oración. Según el explícito mandato del Señor, hemos de implorar el don de la vocación en primer lugar rezando incansablemente y juntos al «dueño de la mies». La invitación está en plural: «Rogad por tanto al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38). Esta invitación del Señor se corresponde plenamente con el estilo del «Padrenuestro» (Mt 9, 38), oración que Él nos enseñó y que constituye una «síntesis del todo el Evangelio», según la conocida expresión de Tertuliano (cf «De Oratione», 1, 6: CCL 1, 258). En esta perspectiva es iluminadora también otra expresión de Jesús: «Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre celestial» (Mt 18, 19). El buen Pastor nos invita pues a rezar al Padre celestial, a rezar unidos y con insistencia, para que Él envíe vocaciones al servició de la Iglesia-comunión.



Recogiendo la experiencia pastoral de siglos pasados, el Concilio Vaticano II puso de manifiesto la importancia de educar a los futuros presbíteros en una auténtica comunión eclesial. Leemos a este propósito en «Presbyterorum ordinis»: «Los presbíteros, ejerciendo según su parte de autoridad el oficio de Cristo Cabeza y Pastor, reúnen, en nombre del obispo, a la familia de Dios, como una fraternidad unánime, y la conducen a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo» (n. 6). Se hace eco de la afirmación del Concilio, la Exhortación apostólica post-sinodal «Pastores dabo vobis», subrayando que el sacerdote «es servidor de la Iglesia comunión porque -unido al Obispo y en estrecha relación con el presbiterio- construye la unidad de la comunidad eclesial en la armonía de las diversas vocaciones, carismas y servicios» (n. 16). Es indispensable que en el pueblo cristiano todo ministerio y carisma esté orientado hacia la plena comunión, y el obispo y los presbíteros han de favorecerla en armonía con toda otra vocación y servicio eclesial. Incluso la vida consagrada, por ejemplo, en su «proprium» está al servicio de esta comunión, como señala la Exhortación apostólica post-sinodal «Vita consecrata» de mi venerado Predecesor Juan Pablo II: «La vida consagrada posee ciertamente el mérito de haber contribuido eficazmente a mantener viva en la Iglesia la exigencia de la fraternidad como confesión de la Trinidad. Con la constante promoción del amor fraterno en la forma de vida común, la vida consagrada pone de manifiesto que la participación en la comunión trinitaria puede transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo de solidaridad» (n. 41).



En el centro de toda comunidad cristiana está la Eucaristía, fuente y culmen de la vida de la Iglesia. Quien se pone al servicio del Evangelio, si vive de la Eucaristía, avanza en el amor a Dios y al prójimo y contribuye así a construir la Iglesia como comunión. Cabe afirmar que «el amor eucarístico» motiva y fundamenta la actividad vocacional de toda la Iglesia, porque como he escrito en la Encíclica «Deus caritas est», las vocaciones al sacerdocio y a los otros ministerios y servicios florecen dentro del pueblo de Dios allí donde hay hombres en los cuales Cristo se vislumbra a través de su Palabra, en los sacramentos y especialmente en la Eucaristía. Y eso porque «en la liturgia de la Iglesia, en su oración, en la comunidad viva de los creyentes, experimentamos el amor de Dios, percibimos su presencia y, de este modo, aprendemos también a reconocerla en nuestra vida cotidiana. Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder también con el amor» (n. 17).



Nos dirigimos, finalmente, a María, que animó la primera comunidad en la que «todos perseveraban unánimes en la oración» (cf Hch 1, 14), para que ayude a la Iglesia a ser en el mundo de hoy icono de la Trinidad, signo elocuente del amor divino a todos los hombres. La Virgen, que respondió con prontitud a la llamada del Padre diciendo: «Aquí está la esclava del Señor» (Lc 1, 38), interceda para que no falten en el pueblo cristiano servidores de la alegría divina: sacerdotes que, en comunión con sus Obispos, anuncien fielmente el Evangelio y celebren los sacramentos, cuidando al pueblo de Dios, y estén dispuestos a evangelizar a toda la humanidad. Que ella consiga que también en nuestro tiempo aumente el número de las personas consagradas, que vayan contracorriente, viviendo los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, y den testimonio profético de Cristo y de su mensaje liberador de salvación. Queridos hermanos y hermanas a los que el Señor llama a vocaciones particulares en la Iglesia, quiero encomendaros de manera especial a María, para que ella que comprendió mejor que nadie el sentido de las palabras de Jesús: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 8, 21), os enseñe a escuchar a su divino Hijo. Que os ayude a decir con la vida: «Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad» (Heb 10, 7). Con estos deseos para cada uno, mi recuerdo especial en la oración y mi bendición de corazón para todos.



Vaticano, 10 febrero 2007

BENEDICTUS PP. XVI



Es muy importante, y urgente, que recemos al Señor pidiéndole que sean muchos los que escuchen las voz que les llama a una vida entregada a Dios y a los demás, y que respondan con generosidad. La Iglesia y el mundo necesita vidas consagradas al servicio del Evangelio.



Juan García Inza

sábado, 3 de abril de 2010

DOMINGO DE PASCUA, CICLO C






¡No tengáis miedo!

Amigos míos, no temáis, no lloréis como los que no tienen esperanza. Jesús no dejará a los suyos en la estacada de la muerte. Su resurrección fue la primera de todas. Él es el capitán que va delante de nosotros. Y no a la guerra y a la muerte, sino a la resurrección y la vida. No tengáis miedo. No temáis.

No sé si os habéis fijado en que ésta es la idea que más se repite en las lecturas que se hacen en las iglesias en tiempo pascual. Cuando Jesús se aparece a los suyos, lo primero que hace es tranquilizarles, curarles su angustia. Y les repite constantemente ese consejo: ¡No tengáis miedo, no temáis, soy yo! Y es que los apóstoles no terminaban de digerir aquello de que Jesús hubiera resucitado. Eran como nosotros, tan pesimistas que no podían ni siquiera concebir que aquella historia terminase bien. Cuando el Viernes Santo condujeron a Jesús a la cruz, esto sí lo entendían. Y se decían los unos a los otros: ¡Ya lo había dicho yo! ¡Esto no podía acabar bien! ¡Jesús se estaba comprometiendo demasiado! Y casi se alegraban un poco de haber acertado en sus profecías catastróficas. Pero lo de la resurrección, esto no entraba en sus cálculos. Lo lógico, pensaban, es que en este mundo las cosas terminen mal. Y, por eso, cuando Jesús se les aparecía, en lugar de estallar de alegría, seguían dominados por el miedo y se ponían a pensar que se trataba de un fantasma.

A los cristianos de hoy nos pasa lo mismo, o parecido. No hay quien nos convenza de que Dios es buena persona, de que nos ama, de que nos tiene preparada una gran felicidad interminable. Nos encanta vivir en las dudas, temer, no estar seguros. No nos cabe en la cabeza que Dios sea mejor y más fuerte que nosotros. Y seguimos viviendo en el miedo. Un miedo que sentimos a todas horas. Miedo a que la fe se vaya a venir abajo un día de estos; miedo a que Dios abandone a su Iglesia; miedo a que fin del mundo nos pille cuando menos lo esperemos. Miedo, miedo.

Lo malo del miedo es que inmoviliza a quien lo tiene. El que está poseído por el miedo está derrotado antes de que comience la batalla. Los que tienen miedo pierden la ocasión de vivir. Por eso el primer mensaje que Cristo trae en Pascua es éste que tanto gusta repetir al Papa Juan Pablo II: «No temáis, salid de las madrigueras del miedo en las que vivís encerrados, atreveos a vivir, a crecer, a amar. Si alguien os dice que Dios es el coco no le creáis. El Dios de la Biblia, el Dios que conocimos en Jesucristo, el Dios de la vida y la alegría. Y empezó por gritarnos con toda su existencia: No temáis, no tengáis miedo».

. La resurrección de Cristo, esperanza de la humanidad

Hay un texto de Bonhoeffer que nos hace pensar. Dice el teólogo alemán: «Para los hombres de hoy hay una gran preocupación: saber morir, morir bien, morir serenamente. Pero saber morir no significa vencer a la muerte. Saber morir es algo que pertenece al campo de las posibilidades humanas, mientras que la victoria sobre la muerte tiene un nombre: resurrección. Sí, no será el arte de hacer el amor, sino la resurrección de Cristo, lo que dará un nuevo viento que purifique el mundo actual. Aquí es donde se halla la respuesta al "dame un punto de apoyo y levantaré el mundo".»

Efectivamente, los hombres de todos los tiempos andan buscando cuál es el punto de apoyo para construir sus vidas, para levantar el mundo. Si hoy yo salgo a la calle y pregunto a la gente: ¿Cuál es el eje de vuestras vidas? ¿En qué se apoyan vuestras esperanzas? ¿Dónde está la clave de vuestras razones para vivir? Muchos me contestarán: «Mi vida se apoya en mis deseos de triunfar, quiero ser esto o aquello, quiero realizarme, quiero poder un día estar orgulloso de mí mismo». O tal vez otros me dirán: «Yo no creo mucho en el futuro. Creo en pasármelo lo mejor posible, en disfrutar de mi cuerpo o de mi dinero, o de mi cultura». O tal vez me dirán: «Ésos son problemas de intelectuales. Yo me limito a vivir, a soportar la vida, a pasarla lo mejor posible».

Pero allá en el fondo, en el fondo, todos los humanos tienen clavada esa pregunta: ¿Cuál es la última razón de mi vida? ¿Qué es lo que justifica mi existencia? Todos, todos, de algún modo se plantean estas cuestiones. También a vosotros me vais a permitir que hoy os pregunte: ¿Cuál es el punto de apoyo en el que reposan vuestras vidas?

Para los cristianos la respuesta es una sola: «Lo que ha cambiado nuestras vidas es la seguridad de que son eternas». Y el punto de apoyo de esa seguridad es la resurrección de Jesús. Si Él venció a la muerte, también a mí me ayudará a vencerla. ¡Ah!, si creyéramos verdaderamente en esto. ¡Cuántas cosas cambiarían en el mundo, si todos los cristianos se atrevieran a vivir a partir de la resurrección, si vivieran sabiéndose resucitados! Tendríamos entonces un mundo sin amarguras, sin derrotistas, con gente que viviría iluminada constantemente por la esperanza. Cómo trabajarían sabiendo que su trabajo colabora a la resurrección del mundo. Cómo amarían sabiendo que amar es una forma inicial de resucitar. Qué bien nos sentiríamos en el mundo, si todos supieran que el dolor es vencible y vivieran en consecuencia en la alegría.

Sí, la resurrección de Cristo y la fe de todos en la resurrección es lo que podría cambiar y vivificar el mundo contemporáneo. Y es formidable pensar y saber que cada uno de nosotros, con su esperanza, puede añadirle al mundo un trocito más de esperanza, un trocito más de resurrección.

. Testigos de la resurrección, mensajeros del gozo

Muchas veces he pensado yo que la gran pregunta que Cristo va a hacernos el día del juicio final es una que nadie se espera. «Cristianos —nos dirá—: «¿Qué habéis hecho de vuestro gozo?». Porque Jesús nos dejó su paz y su gozo como la mejor de las herencias: «Os doy mi gozo. Quiero que tengáis en vosotros mi propio gozo y que vuestro gozo sea completo», dice en el Evangelio de San Juan. «No temáis. Yo volveré a vosotros y vuestra tristeza se convertirá en gozo», dijo poco antes de su pasión. Y también: «Si me amáis, tendréis que alegraros». «Volveré a vosotros y vuestro corazón se regocijará y el gozo que entonces experimentéis nadie os lo podrá arrebatar». «Pedid y recibiréis y vuestro gozo será completo».

¿Y qué hemos hecho nosotros de ese gozo del que Jesús nos hizo depositarios? Es curioso: la mayor parte de los cristianos ni siquiera se ha enterado de él. Son muchos los creyentes que parecen más dispuestos a acompañar a Jesús en sus dolores que en sus alegrías, en su dolor que en su resurrección. Pensad por ejemplo: durante las semanas de Cuaresma se celebran actos religiosos especiales, con penitencias, con oraciones. Pero, tras la resurrección, la Iglesia ha colocado una segunda cuaresma, los días que van desde la resurrección hasta la ascensión. ¿Y quién los celebra? ¿Quién al menos los recuerda?

Impresiona pensar que en el Calvario tuvo Cristo al menos unos cuantos discípulos y mujeres que le acompañaban. Pero no había nadie cuando resucitó. Da la impresión de que la vida de Cristo hubiera concluido con la muerte, que no creyéramos en serio en la resurrección. Muchos cristianos parecen pensar —como dice Evely— que tras la cuaresma y la semana santa los cristianos ya nos hemos ganado unas buenas vacaciones espirituales. Y si nos dicen: «Cristo ha resucitado»; pensamos: qué bien. Ya descansa en los cielos. Lo hemos jubilado con una pensión por los servicios prestados. Ya no tenemos nada que hacer con Él. Necesitó que le acompañásemos en sus dolores. ¿Para qué vamos a acompañarle en sus alegrías?

Y, sin embargo, lo esencial de los cristianos es ser testigos de la resurrección. ¿Lo somos? ¿O la gente nos ve como seres tristes y aburridos? ¿O piensa que los curas somos espantapájaros pregoneros de la muerte, del pecado y del infierno únicamente? Tendríamos que recordar que los cristianos somos ante todo eso: testigos de la resurrección, mensajeros del gozo.

viernes, 2 de abril de 2010

VIERNES SANTO




NECESITO DECÍRTELO, JESUS
¿Cómo pagar todo lo que has hecho por mí?
Tu amor es tan grande,
que en la cruz es inabarcable
Tu entrega es tan dolorosa
que, saltan ríos de sangre,
por toda la humanidad sufriente y dolorida
NECESITO DECÍRTELO, JESUS
Que sobran las palabras cuando hablas con tu cuerpo
Que no hacen falta más redentores
ni queremos más profetas
Que tu amor produce vértigo y espanto:
¿Por qué lo has hecho, Señor?
¿Tanto vale el hombre?
¿Tan costosa es su redención?
¿No te das cuenta, Señor,
que somos falsa moneda?
NECESITO DECIRTELO, JESUS
Has subido a la cruz, por mí
y, por ello mismo, te doy las gracias
Has subido al madero, por nosotros,
y por los que te ignoran o te maldicen
te pido perdón y misericordia.
Por los que alzan sus ojos al tronco redentor
y cambian sus vidas
Por los que levantan sus cabezas
y piensan que no hiciste nada
Por los que elevan sus cuerpos
y creen que, con pequeños gestos,
ya hacen demasiado por el mundo
NECESITO DECIRTELO, JESUS
Nada tan radical como tu amor clavado
Nadie tan injustamente tratado como Tú
Nuestro amor es cuentagotas
al lado del derroche que resbala por ese madero
Nuestro dolor es insignificante
comparado con el gemido que desprende esa cruz
NECESITO DECIRTELO, JESUS
Que estamos en deuda contigo
Que grande es tu rescate por todos
Y que, el hombre, es desagradecido
Que como Judas, por poco o por nada,
te seguimos vendiendo
Que la negación de Pedro,
sale en muchos de nuestros labios
NECESITO DECIRTELO, JESUS
¿Cómo pagaremos todo el bien
que Tú nos has hecho?
Javier Leoz








TESTAMENTO ESPIRITUAL DE MARIA
EN EL VIACRUCIS
(Para Viernes Santo o Sábado)
Javier Leoz

Fuí testigo de la pasión y muerte del mejor de los hombres que Dios ha engendrado en la tierra. De la muerte del DIOS Y HOMBRE. Como Madre sufrí desde el silencio aquel calvario donde, el amor de los amores, era injustamente ajusticiado y groseramente tratado.
No entendía tanto escarnio. No comprendía tanto improperio ni ingratitud. Sólo sé que, Dios, “escribe derecho en renglones torcidos” y que, a los que permanecimos al lado de Jesús, nos toco eso: hablar poco y acompañar. ¿Acaso no es importante en la vida encontrar alguien con el que sufrir, llorar o gozar?

1. CUANDO JESUS FUE ENTREGADO
Muchos de vosotros os preguntaréis ¿dónde estaba María cuando, el Rey de Reyes, estaba siendo entregado y sentenciado a muerte?
No pude entrar y, además, tampoco me dejaron. María Magdalena, Juan y yo estábamos con el corazón muy cerca de Aquel que, en la vida, lo donó todo por los demás.
No entendía, no lo comprendía. Sólo me venía al pensamiento aquello del anciano Simeón “y a Ti, María, una espada te traspasará el alma”. Fui precipitadamente a Getsemaní. Allá, todavía en el suelo, acaricié las gotas de sudor de sangre que mi hijo había derramado.


2. CUANDO IBA CON LA CRUZ A CUESTAS
Me dijeron que no me asomase a la que, desde aquel momento, iba a ser llamada “Vía Dolorosa”. No les fue suficiente los salivazos, latigazos ni tan siquiera la corona de espinas. El ser humano, sediento de sangre, quería peso y más amargura sobre un hijo, mi hijo querido, que sólo había cometido un delito: aliviar el dolor de los demás. Para mis adentros meditaba: podrán con tu vida Hijo mío, pero que no te quiten la fe. Desde aquel momento, como Madre, me comprometí ayudar a tantos de vosotros que soportáis ingratas cruces.


3. CUANDO CAE POR PRIMERA VEZ
Todavía suena en mis oídos, el golpe de la cruz, seco y escalofriante, sobre la dura piedra de aquel sendero que unía el pretorio con el calvario.
Sólo sé que El no cometió pecado alguno pero que, con esta caída, nos enseña a ser fuertes y a levantarnos frente a toda adversidad.
Me dijeron que alguien, no sé quién, se le acercó y le susurró al oído: “en ese madero llevas los pecados del mundo” y que fue entonces cuando levantándose al momento contestó “es hora pues de redimir al hombre…vamos”….y siguió caminando, avanzando, ascendiendo a la montaña desde la que os alcanzó para todos el cielo.


4. CUANDO SE ENCUENTRA CONMIGO
Me encontré, por vez primera con Jesús, en aquella noche de Belén. Mis brazos lo sostuvieron cuando, camino de Egipto, sólo pretendía con ayuda de José ponerlo a salvo de aquel rey que intentaba aniquilarlo.
Pero, este encuentro camino de la cruz, os lo aseguro; fue distinto, tremendamente doloroso…. pero lleno de amor y de esperanza.
Lloré, como cualquier madre se compadece por la mala suerte de su hijo, quise interponerme entre los soldados y la cruz, entre las cuerdas y aquellos que pasaban indiferentes. Pero…no quise ser obstáculo para que se cumplieran los planes de Dios. Una vez más me acordé de Nazaret: “hágase”


5. CUANDO ES AYUDADO POR EL CIRINEO
Miré con admiración a un valiente muchacho. Me comentaron que fue adosado a la cruz a la fuerza. No me importó; sólo vi una mano que empujaba lo que tanto costaba arrastrar: la cruz que contenía tanta ingratitud, la cruz que iba a ser semillero de resurrección, horizonte de un nuevo futuro.
Me acerqué hasta Simón el Cirineo y le dí las gracias: tu gesto es el mismo de todos los hombres que, hoy y mañana, lejos de añadir más peso a las dificultades se preocupan de aligerarlas.


6. CUANDO LA VERONICA LIMPIA EL ROSTRO DE JESUS
Una mujer, sin miedo ni temor, rompió aquel protocolo sanguinario. Sin temer las consecuencias de aquella afrenta, se acercó a mi hijo. Me vino al pensamiento aquella Palabra de Jesús “quien me ve a mí, ve al Padre”. Su rostro desfigurado, maltratado, ensangrentado…de repente era estampado en aquel lienzo, que el gesto heroico de una joven tuvo a bien aplicar en un siervo doliente que daba la cara y el cuerpo por el mundo. En aquel detalle quise descubrir el de tantas mujeres que, con silencio y valor, se adelantan en tantas situaciones de miseria para curar, animar y acompañar.


7. CUANDO CAE POR SEGUNDA VEZ
Caía por segunda vez y, las pisadas de los romanos, las idas y venidas de muchos que vivían ajenos al acontecimiento, seguían atropellando y evidenciando una realidad: a veces se prefiere la nada de la tierra, al tesoro de Dios.
Así era: el cielo era arrastrado, arrollado, injuriado. Y, el infierno había convertido Jerusalén en su imperio: la verdad se confundía con la mentira, la justicia con un juicio injusto.
No decía nada…desde atrás una vez y otra yo repetía: perdónales, Señor. Perdónales. Sus heridas sangraban y, aquellos que se mofaban, sólo pretendían que la cruz llegará al final de una pasión cruel y desproporcionada.


8. CUANDO HABLA A LAS HIJAS DE JERUSALEN
Palabras ¡muchas palabras! Todo era un inmenso griterío. Una confusión. Hasta yo misma, estaba un poco aturdida.
¿Qué podía decir Aquel que tanto dijo e hizo mientras caminó por Judea y Samaria? Una mujeres contemplaban aquel cortejo de pasión y abocada a la muerte. Sólo escuché la respuesta de Jesús: ¡no lloréis por mí!
¡Existían tantas razones para llorar! Ví el lado bueno de la vía dolorosa: unas mujeres con corazón, unos corazones con misericordia, unos ojos que no olvidaron las lágrimas.
Todo ello, de repente, fueron corazones y ojos que empezaron a sentir clemencia y pena ya no por mi hijo, sino por los hombres y mujeres de toda la tierra.


9. CUANDO CAE POR TERCERA VEZ
Podía haber hecho alarde de lo que era: Hijo de Dios. Haber abortado sin más sufrimiento, burla ni sangre aquel inhumano espectáculo. Pero no; su condición divina era disimulada por Aquel que, hasta el final –siendo Dios- quería ser hombre, sufrir por el hombre, rescatar al hombre de los profundos abismos de la muerte.
Aquel que podía haber reinado en el cielo, por tercera vez, besó el suelo. Me preguntaba si era necesaria tanta humillación. Sus rodillas, siendo rodillas de Dios, se doblaban por aquellas otras que, siendo de hombres, permanecían erguidas y sin compasión alguna.


10. CUANDO ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS
Todo estaba tocando a su fin. En una pequeña llanura, arriba del Gólgota, desde lejos observaba al que tantas veces me miró.
En un pesebre lo vi desnudo, hace 33 años, y –ahora- de una forma cruenta y despiadada, le dejan sin lo poco que le abrigaba. ¡Dios desnudo en un pesebre! ¡Dios desnudo sobre dos maderos!
Pobre, vino al mundo, y desheredado de todo –así lo pensaba yo como Madre- se marchaba de una tierra desagradecida.
Aquel que hizo tanto por los pobres, se marcha despojado pero mirando al cielo.
No estaba sólo. Sus amigos se habían marchado…pero, junto a mí, gemían Juan y María de Magdala.


11. CUANDO FUE CLAVADO EN LA CRUZ
En las retinas de mis ojos quedaron grabadas las tres caídas. El que nació débil, como hombre en Belén, fue inmensamente fuerte camino de la cruz. Muriendo en la cruz.
Sus manos, las que tantas veces como Madre estreché, eran cosidas a la cruz. Cada golpe de martillo partían en dos el alma que yo llevaba dentro. ¿Era necesario tanto Dios mío? Pero yo callaba. El Misterio iba cumpliéndose. Mi Niño, el que arrullé en mis brazos, al que tantas veces dejé acostado en un pesebre de madera, ahora era postrado y clavado en dos leños.


12. CUANDO MUERE EN LA CRUZ
Sólo cuando me dejaron, y junto con algunos que no quisieron desertar, fuimos apresuradamente a la cruz. El cuerpo, el rostro de mi hijo, nos quedaba demasiado alto.
7 palabras escasas, pero pronunciadas con misericordia, vértigo y paz…salieron de sus labios. El que, siendo niño tantas veces lloró; el que por la muerte de su amigo Lázaro derramó lágrimas de desolación….estando clavado no siente el dolor de los clavos.
Estaba empeñado en hacer el bien y, hasta la muerte, la quería llevar bien: en soledad. Sabiendo que el trigo, para que germine, ha de aguardar, ser paciente y esperar el día de la cosecha. ¿Os digo algo? Mirando al madero comencé a comprender que aquello no podía acabar así. Que Dios, después de aquel derroche de amor y de locura, tenía que imponerse a la muerte y darnos torrentes de vida. Me abrace a Juan…la soledad nos acompañaba…el velo se partía…la tierra se estremecía…


13. CUANDO LO ACOGI EN MIS BRAZOS
Cuántas veces me acordaba de aquel Dios que, en la noche de Navidad, decidió no quedarse colgado en el cielo: en mi ser virginal se hizo hombre, se hizo como vosotros, forjó su corazón y tomaron forma sus miembros.
Y ¿ahora? De nuevo, como Madre, me tocaba acoger el misterio de una vida de muerte. El cuerpo de un Jesús que lo necesitábamos en la tierra. Como Madre era lo que más deseaba: protegerlo y fundirlo en mi pecho.
La cruz quedaba desnuda, sin el tesoro más preciado que era mi Hijo. En aquel Cristo, ahora humillado, derrotado, muerto, sin manos para hacer milagros y sin labios para hablar del amor….os acogía a todos vosotros. No estáis solos, os lo dice vuestra Madre. Cuando llegue el momento del morir, os sostendré como a El en mis brazos.


14. CUANDO FUE SEPULTADO
Caía la tarde. Y entre prisas, sin apenas tiempo para la mirra y el áloe, perfumamos al que tantas veces embalsamó con la fe, la esperanza y la caridad a todo el que se le acercaba.
Era la hora del sepulcro nuevo. El momento de la espera. Se deslizaba una piedra. Desaparecía de mis ojos el que alguna vez, por las cosas de Dios, se perdió. Para unos todo se había cumplido, la farsa había terminado. ¿Dónde están los apóstoles de tu Reino, Jesús? Pero El ya no podía hablar. Sólo quedaba aguardar. Dios había sembrado buena semilla. En cuántos momentos venía a mi memoria lo que tantas veces escuché de El y de los amigos que le acompañaban: “al tercer día, resucitaré”.


15. CUANDO JESUS RESUCITA
En la cruz, para todos vosotros, me dejó como Madre. No lo olvidéis nunca: Madre Dolorosa y Madre de la Vida. Desde entonces, con el curso de los siglos, he ido acompañando –y lo haré hasta que Dios quiera y me necesite- a todos los que buscáis y esperáis en Jesús.
No os esforcéis demasiado en indagar por los caminos de la muerte: El está en la vida aunque, os acompañe, en momentos de muerte. El ya lo hizo todo. Lo dio todo. Adentraros por los caminos de la vida. Mi Hijo no se quedó para siempre detrás de una fría losa. ¡Resucitó! ¡Sólo sé que resucitó! Que lo reconocí, como los de Emaús, al partir el pan. Que sus apariciones fueron refrescantes, consoladoras, pascuales.
¡Sólo sé que su cuerpo glorificado me supo a gloria! Que, de nuevo, surgía la esperanza. Que, como flores de primavera, radiantes y eufóricos aparecían por todas las esquinas aquellos que –en la noche oscura- le abandonaron. No hubo reproches. No existieron recelos. Cada uno era como era y, Jesús, los conocía desde los pies hasta la cabeza. Tan sólo les pidió una cosa: que marcharan por el mundo anunciando aquella noticia.
Gracias, Hijo mío, en la cruz, por tu muerte y resurrección, adquiriste para Dios y para Ti un pueblo santo. Un pueblo que está llamado a la gloria. Amén.

domingo, 28 de marzo de 2010

Domingo de Ramos


Entre palmas y olivos


Comenzamos la Semana Santa con esta alegre procesión de los Ramos y las Palmas. Es una celebración de contrates: por un lado el canto de bienvenida al Señor que entra en Jerusalén, y en nuestras comunidades, y por otro la lectura seria de la Pasión en la Liturgia de la Palabra en la Eucaristía.

Cuando llegaba a Jerusalén para celebrar la pascua, Jesús les pidió a sus discípulos traer un burrito y lo montó. Antes de entrar en Jerusalén, la gente tendía sus mantos por el camino y otros cortaban ramas de árboles alfombrando el paso, tal como acostumbraban saludar a los reyes. La multitud parecía contenta, y dispuesta a todo lo que el Señor dijera.

Los que iban delante y detrás de Jesús gritaban:
"¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!"

Entró a la ciudad de Jerusalén, que era la ciudad más importante y la capital de su nación, y mucha gente, niños y adultos, lo acompañaron y recibieron como a un rey con palmas y ramos gritándole “hosanna” que significa “Viva”. La gente de la ciudad preguntaba ¿quién es éste? y les respondían: “Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”. Esta fue su entrada triunfal.

La muchedumbre que lo seguía estaba formada por hombres, mujeres y niños, cada uno con su nombre, su ocupación, sus cosas buenas y malas, y con el mismo interés de seguir a Jesús. Algunas de estas personas habían estado presentes en los milagros de Jesús y habían escuchado sus parábolas. Esto los llevó a alabarlo con palmas en las manos cuando entró en Jerusalén.

Fueron muchos los que siguieron a Cristo en este momento de triunfo, pero fueron pocos los que lo acompañaron en su pasión y muerte. Esta es la ley de la masa: se deja llevar por la corriente del momento. La masa despersonaliza. Mientras la masa no se convierta en comunidad no se puede uno fiar de ella.

Mientras esto sucedía, los sacerdotes judíos buscaban pretextos para meterlo en la cárcel, pues les dio miedo al ver cómo la gente lo amaba cada vez más y como lo habían aclamado al entrar a Jerusalén.

¿Qué significado tiene esto en nuestras vidas?

Es una oportunidad para proclamar a Jesús como el rey y centro de nuestras vidas. Gritamos como aquellos “que viva Cristo, que viva rey de cielos y tierra...”, pero convencidos, de corazón. Es un día en el que le podemos decir a Cristo que nosotros también queremos seguirlo, aunque tengamos que sufrir o morir por Él. Pero de verdad. Que queremos que sea el rey de nuestra vida, de nuestra familia, de nuestra patria y del mundo entero. Pero sinceramente. Queremos que sea nuestro amigo en todos los momentos de nuestra vida. Pero de corazón.

Al terminar la Misa, nos llevamos los ramos de olivo bendecido a nuestro hogar. Colócalo en un sitio destacado. Esto nos debe recordar que Jesús es nuestro rey y que debemos siempre darle la bienvenida en nuestro hogar. Es importante no hacer de esta costumbre una superstición pensando que por tener nuestro ramo o palma, no van a entrar ladrones a nuestros hogares y que nos vamos a librar de la mala suerte.

Oración para poner las palmas, o ramos, benditos en el hogar:

Bendice Señor nuestro hogar.
Que tu Hijo Jesús y la Virgen María reinen en él.
Por tu intercesión danos paz, amor y respeto,
para que respetándonos y amándonos
los sepamos honrar en nuestra vida familiar,
Sé tú, el Rey en nuestro hogar.
Amén.

domingo, 21 de marzo de 2010


CRISTO MISERICORDIOSO



El Evangelio de este domingo nos sigue mostrando la profundidad de la misericordia divina. Cristo vino a buscar lo que estaba perdido, al enfermo, al que ha caído bajo el peso del pecado, al que está muerto. Se opone seriamente al pecado, que le costó a El la Pasión y la Muerte. Pero busca al pecador para lograr su recuperación. El domingo pasado nos ponía un ejemplo con la parábola del hijo pródigo. Este domingo es una realidad: una mujer ha sido sorprendida en el pecado de adulterio, y debe morir apedreada como mandaba la ley. ¡Horrible castigo morir apedreado! Esto nos trae al recuerdo a San José, hombre bueno, esposo virginal de la Virgen María, quien al notar que ella estaba embarazada, sin saber que el bebé en su vientre era el Hijo de Dios, engendrado por el Espíritu Santo, pensó “dejarla en secreto para no ponerla en evidencia”.

A la mujer adúltera la llevaron arrastrada hasta donde se encontraba Jesús, con la intención, nos dice el Evangelio (Jn. 8, 1-11) de “ponerle (a Jesús) una trampa y poder acusarlo”: si ordenaba apedrearla, ¿dónde quedaban el perdón y la misericordia?, y si no accedía al castigo mortal, ¿dónde quedaba el cumplimiento de la Ley que lo estipulaba?

Pero Jesús, con su Sabiduría infinita por ser Dios, no hace ni una cosa, ni la otra, sino todo lo contrario. Nos cuenta el relato de San Juan que sin levantar la mirada para ver a la mujer culpable, ni tampoco a sus acusadores, comienza a escribir sobre el polvo del suelo. Como creen que Jesús no les está haciendo caso, vuelven a insistir. Entonces el Señor se incorpora y les responde: “Aquél de vosotros que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Luego se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo. Poco a poco, uno tras otro comenzaron a escabullirse.

No sabemos lo que Jesús escribió en la arena. Es la única vez en el Evangelio que se nos dice que el Señor escribió algo. ¿Qué escribió? No sería nada de extrañar que pusiera junto a la pobre mujer acusada y sentenciada la palabra AMOR.

Y dijo: “El que esté libre de pecado puede lanzar piedras”. ¿Y quién es el único libre de pecado? Solamente El, el Inocente que cargó con todos los pecados. Y El no pronuncia sentencia, no condena a la mujer.

Se quedan solos la pecadora y Jesús. Ella no se excusa, se sabe culpable, está de pie frente a El. Jesús vuelve a levantarse y le pregunta: “¿Dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado? ... Tampoco yo te condeno. El, que sí hubiera podido tirar la primera piedra, no la condena, la perdona.

Pero agrega algo muy importante: “Vete y no vuelvas a pecar”. Jesús no la apoya en su pecado. Muy por el contrario: le ordena que no peque más.

En este pasaje evangélico hay muchas enseñanzas. Dios conoce todos nuestros pecados, hasta nuestros los más escondidos. Y sólo espera que estemos a sus pies para perdonarnos y pedirnos que no volvamos a pecar. No debemos temer, por más grave que pueda ser nuestro pecado, por más fea que pueda ser nuestra falta. Dios lo único que desea es la aceptación de nuestra culpa y nuestro arrepentimiento. La mujer adúltera no le dijo nada a Jesús, pero su silencio fue la aceptación de su falta; su mejor actitud es que no buscó excusarse. ¿Cuántas veces nos buscamos atenuantes y damos excusas para nuestras faltas, en vez de reconocernos culpables?

Nadie tiene derecho a condenar a nadie. Nadie puede tirar la primera piedra. Todos somos culpables de algo. Reconocer nuestras culpas nos ayuda a no estar pendientes de las de los demás. No acusar es ya el camino hacia la compasión y el perdón de los demás. Dios perdona, pero espera que nos acerquemos arrepentidos a la Confesión para absolvernos.

Reconocimiento de nuestros pecados, sin excusas, arrepentimiento, confesión e intención de no volver a pecar es lo único que Dios nos pide. Y todo ello se vive en el sacramento de la Penitencia.

Juan García Inza

sábado, 13 de marzo de 2010

IV DOMINGO DE CUARESMA



Nuestro Padre Dios nos espera


Jesús enseñaba su mensaje con PARÁBOLAS, es decir, pequeñas historias que todos pudieran entender. En este domingo 4º de Cuaresma hemos leido la parábola tan conocida del Hijo Pródigo. El domingo anterior se nos habló de un árbol que no echaba fruto. Hoy se nos habla de una persona que empezó a dar frutos malos. Meditamos esta historia siempre actual





EL HIJO MENOR SE MARCHA

Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo a su padre: Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde.¨ Y el padre les repartió la herencia. A los pocos días el hijo menor reunió todo lo suyo, se fue a un país lejano y allí gastó toda su fortuna llevando una mala vida.





- Dios es tu Padre que te ama infinitamente. Vivir en la casa del Padre, es vivir al lado de Dios, amándolo, cumpliendo sus mandamientos, haciendo su voluntad. Sin embargo, Dios te hizo LIBRE y tu puedes escoger marcharte a buscar una vida consideras mas fácil, más divertida, sin reglas, sin límites, pensando que ahí serás feliz.

El país lejano es el mundo en el que se ignora todo lo que en casa se considera sagrado. Dejar la casa, es escoger vivir el PECADO, el alejamiento de Dios y de los seres queridos.

Piensa detenidamente... hay veces que tú actúas como el hijo menor: te sientes libre porque haces lo que quieres, esté bien o mal. Cada vez que te marches, piensa en el dolor que esta elección tuya traerá al corazón del Padre que, como recuerda Benedicto XVI nos ama con amor que espera correspondencia.



BUSCA LA FELICIDAD DONDE NO ESTÁ



Cuando se lo había gastado todo, sobrevino una gran hambre en aquella comarca y comenzó a padecer necesidad. Se fue a servir a casa de un hombre del país, que le mandó a sus tierras a cuidar cerdos. Gustosamente hubiera llenado su estómago con las algarrobas que comían los cerdos pero nadie se las daba.



- El hijo malgastó todo lo que le había dado su Padre, cayó muy bajo llegando a pasar hambre.

- Cuando usas la herencia (todo lo bueno que te dio Dios) para mal, cuando vives buscando el éxito, el ser importante, el placer, el pasarlo bien sin límites... el darte gusto a ti antes que a los otros... el tener muchas cosas, el sentirte querido y aceptado por los demás ... puedes hacer lo que quieras, sin embargo .... te sientes vacío, incompleto, solo, triste, abandonado, decepcionado. Entonces descubres que en la vida egoísta y de pecado NO ESTA LA FELICIDAD VERDADERA.

PERO, ¡ SIEMPRE PUEDES VOLVER A CASA DEL PADRE



Entonces, reflexionando, dijo: ¨¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre y le diré:

¨ Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.¨ Se puso en camino y fue a casa de su padre.



- Tienes dos opciones: una, sentarte y decir:

¨¡ Qué malo he sido! ¨ Otra, ser humilde y decir:

-Padre, he pecado, me arrepiento, perdóname.¨

No importa lo bajo que hayas caído, siempre puedes arrepentirte, pedir perdón y volver a empezar.

El sacramento de LA CONFESIÓN es el camino para volver a la casa del Padre.



¿CÓMO ME RECIBIRÁ EL PADRE ?



Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió. Fue corriendo, se echó al cuello de su hijo y lo cubrió de besos. El hijo comenzó a decir: ¨ Padre, he pecado contra el cielo y contra tì. Ya no merezco llamarme hijo tuyo.¨ Pero el padre dijo a sus criados: Traed enseguida el mejor vestido y ponédselo; ponedle también un anillo en la mano y sandalias en los pies. Tomad el ternero cebado, matadlo y celebremos un banquete de fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido encontrado.¨ Y se pusieron todos a festejarlo.



- ¡El amor que Dios te tiene a ti es el más grande amor que puede haber: es infinito, es gratuito, es misericordioso, no pide explicaciones, siempre perdona, siempre te recibe alegre con los brazos abiertos... corre, te abraza y te cubre de besos!



EL HIJO MAYOR



El hijo mayor estaba en el campo y, al volver y acercarse a la casa, oyó la música y los bailes. Llamó a uno de los criados y le preguntó qué significaba aquello. . Y éste le contestó: ¨Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el ternero cebado porque lo ha recobrado sano.¨

El se enfadó y no quiso entrar y su padre salió y se puso a convencerlo. Él contestó a su padre: Hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me diste ni un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos. Pero llega este hijo tuyo, que se ha gastado tu patrimonio con prostitutas, y tú le matas el ternero cebado.¨

El padre le respondió: -Hijo, tu estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero tenemos que alegrarnos y hacer fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado.¨





- El hijo mayor sirve, obedece las órdenes del Padre, pero... no con amor desinteresado. Vive en casa del Padre, pero interiormente está lejos del Padre.

- A veces en el mundo hay más hijos mayores: hombres rectos que por fuera trabajan y cumplen sus obligaciones, se ven buenos, pero interiormente llevan esta vida como una carga, esperan que todo se les admire y agradezca, están llenos de amargura, orgullo, egoísmo, resentimiento, celos y envidia.



- Estos hombres tampoco pueden encontrar la verdadera felicidad.

- Reflexiona ¿vivo yo como el hijo mayor?

¿Tengo el valor de reconocer que a veces mi buena conducta, no es tan transparente como parece? ¿Me arrepiento de esto? ¿Como puedo curarme si tantas veces he tratado con mis propias fuerzas de cambiar? Solo puedo ser curado desde arriba, desde Dios. Si para mí es imposible, para Dios no hay nada imposible.



EL GRAN AMOR DE DIOS

- Los dos hijos necesitan el perdón de Dios, la sanción. Los dos necesitan volver a casa. Los dos necesitan el abrazo de un Padre misericordioso.

El Padre nunca compara a sus dos hijos, los ama por igual. Si todos los hombres tenemos por igual el amor de Dios ¿por qué vivimos comparándonos unos con otros?

- Tu felicidad verdadera proviene de saber que eres ¨HIJO¨ de Dios, que El te ama infinitamente, de una manera gratuita y que siempre tiene los brazos abiertos para recibirte de regreso.



PROPÓSITO

Confesar y pedir perdón a Dios por haberme marchado de casa. Y decir con frecuencia:

¡Gracias Padre por amarme tanto!