domingo, 31 de julio de 2016

MISA DE CLAUSURA DE LA JMJ

Misa final JMJ: «Ante Dios, no vale tu ropa o tu móvil; a Él le importas tú, y tú no tienes precio»

Misa final JMJ: «Ante Dios, no vale tu ropa o tu móvil; a Él le importas tú, y tú no tienes precio»
La Misa de Clausura de la JMJ congregó a más de un millón y medio de personas en el Campus Misericordiae

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31 julio 2016
El Papa Francisco ha celebrado en el Campus Misericordiae, a algunos kilómetros de Cracovia, la misa de clausura de la Jornada Mundial de la Juventud 2016.

Más de un millón y medio de jóvenes se encontraban allí desde la tarde del sábado en la que también celebraron la vigilia con el Papa.

Jóvenes de todos los rincones del mundo que han pasado la noche en orando y celebrando la alegría de la fe. Con el domingo concluye una semana de encuentros, catequesis, oración y amistad y tras la que no volverán a sus casas indiferentes tal y como les pidió el sábado por la tarde en Papa en un motivador discurso.


Muchos pasaron la noche en el Campus Misericordiae en oración


Un millón de jóvenes que han dormido poco despiertan con el sol en la explanada del Campus de la Misericordia

Mientras que en la homilía de esta mañana, el Papa ha querido recordar a los jóvenes que Dios cuenta con ellos por lo que son, no por lo que tienen. “Ante Él, nada vale la ropa que llevas o el teléfono móvil que utilizas; no le importa si vas a la moda, le importas tú. A sus ojos, vales, y lo que vales no tiene precio”.

el Santo Padre ha hecho referencia a la lectura del día, el encuentro de Jesús con Zaqueo, para explicar que Él “desea acercarse a la vida de cada uno”, “recorrer nuestro camino hasta el final, para que su vida y la nuestra se encuentren realmente”.

Zaqueo, tal y como ha recordado Francisco, era un rico colaborador de los “odiados ocupantes romanos”. Sin embargo, “el encuentro con Jesús cambió su vida, como sucedió, y cada día puede suceder, con cada uno de nosotros”.



De este modo, el Santo Padre ha desarrollado su homilía indicando que Zaqueo tuvo que superar al menos tres obstáculos “que también pueden enseñarnos algo a nosotros”.

El primero es la baja estatura. Una tentación –ha precisado– que no sólo tiene que ver con la autoestima, sino que afecta también la fe. Esta es nuestra estatura, nuestra identidad espiritual: “somos los hijos amados de Dios, siempre”.



Así, ha subrayado que “no reconocer nuestra identidad más auténtica es como darse la vuelta cuando Dios quiere fijar sus ojos en mí”, “significa querer impedir que se cumpla su sueño en mí”. ¡Tú eres importante!, ha exclamado recordando a los jóvenes que “Dios cuenta contigo por lo que eres, no por lo que tienes”.

Dios, ha precisado, nos ama más de lo que nosotros nos amamos, cree en nosotros más que nosotros mismos, “está siempre de nuestra parte, como el más acérrimo de los hinchas”. En este punto, el Santo Padre ha invitado a los jóvenes a rezar cada mañana: “Señor, te doy gracias porque me amas; haz que me enamore de mi vida”.



El segundo obstáculo del que ha hablado es “la vergüenza paralizante”. Por eso ha recordado que Zaqueo superó la vergüenza y subió al árbol “porque la atracción de Jesús era más fuerte”. Zaqueo “sintió que Jesús era de tal manera importante que habría hecho cualquier cosa por él, porque él era el único que podía sacarlo de las arenas movedizas del pecado y de la infelicidad”.

El Papa ha contado también a los jóvenes un “secreto de la alegría”: “no apagar la buena curiosidad, sino participar, porque la vida no hay que encerrarla en un cajón”.

Ante Jesús, “no podemos quedarnos sentados esperando con los brazos cruzados”, no podemos responderle con “un simple mensajito”.



El Papa ha exhortado a los jóvenes a no avergonzarse de llevar todo a Jesús, “especialmente las debilidades, las dificultades y los pecados, en la confesión”.  Él sabrá –ha asegurado– sorprenderos con su perdón y su paz.

El tercer y último obstáculo no estaba en un  interior sino “a su alrededor”: la multitud que murmura, que primero lo bloqueó y luego lo criticó.

Así, Francisco ha pedido a los jóvenes “no tengáis miedo” y que recuerden el lema de la JMJ: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. Del mismo modo les ha invitado a no desanimarse porque “con vuestra sonrisa y vuestros brazos abiertos predicáis la esperanza y sois una bendición para la única familia humana, tan bien representada por vosotros aquí”.

La mirada de Jesús –ha añadido– va más allá de los defectos para ver a la persona. “No se detiene en el mal del pasado, sino que divisa el bien en el futuro”, “no se resigna frente a la cerrazón, sino que busca el camino de la unidad y de la comunión”, “no se detiene en las apariencias, sino que mira al corazón”.

El Pontífice también ha pedido a los jóvenes que instalen “bien la conexión más estable, la de un corazón que ve y transmite el bien sin cansarse”.

Para finalizar la homilía, el Santo Padre, haciendo referencia a las palabras de Jesús a Zaqueo “hoy tengo que alojarme en tu casa”, ha asegurado que la  JMJ “comienza hoy y continúa mañana, en casa”, porque es allí donde Jesús quiere encontrarnos a partir de ahora. Jesús espera que, entre tantos contactos y chats de cada día, “el primer puesto lo ocupe el hilo de oro de la oración”.

Jesús desea que su Palabra “se convierta en tu ‘navegador’ en el camino de la vida”. Jesús –ha recordado el Papa a los jóvenes– te llama por tu nombre.

“Tu nombre es precioso para Él”, ha indicado. La memoria de Dios no es “un disco duro” que almacena todos nuestros datos, “sino un corazón tierno de compasión, que se regocija eliminando definitivamente cualquier vestigio del mal”. De este modo ha invitado a “imitar la memoria fiel de Dios y custodiar el bien que hemos recibido en estos días”.

Misa de clausura de la JMj Completa, de 2 horas y media, con comentarios en español


Texto completo de la homilía de Francisco en la Misa de Clasura de la JMJ 
Queridos jóvenes: habéis venido a Cracovia para encontraros con Jesús. Y el Evangelio de hoy nos habla precisamente del encuentro entre Jesús y un hombre, Zaqueo, en Jericó (cf. Lc 19,1-10). Allí Jesús no se limita a predicar, o a saludar a alguien, sino que quiere —nos dice el Evangelista— cruzar la ciudad (cf. v. 1). Con otras palabras, Jesús desea acercarse a la vida de cada uno, recorrer nuestro camino hasta el final, para que su vida y la nuestra se encuentren realmente.

Tiene lugar así el encuentro más sorprendente, el encuentro con Zaqueo, jefe de los «publicanos», es decir, de los recaudadores de impuestos. Así que Zaqueo era un rico colaborador de los odiados ocupantes romanos; era un explotador de su pueblo, uno que debido a su mala fama no podía ni siquiera acercarse al Maestro. Sin embargo, el encuentro con Jesús cambió su vida, como sucedió, y cada día puede suceder, con cada uno de nosotros. Pero Zaqueo tuvo que superar algunos obstáculos para encontrarse con Jesús: al menos tres, que también pueden enseñarnos algo a nosotros.

El primero es la baja estatura: Zaqueo no conseguía ver al Maestro, porque era bajo. También nosotros podemos hoy caer en el peligro de quedarnos lejos de Jesús porque no nos sentimos a la altura, porque tenemos una baja consideración de nosotros mismos. Esta es una gran tentación, que no sólo tiene que ver con la autoestima, sino que afecta también la fe. Porque la fe nos dice que somos «hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3,1): hemos sido creados a su imagen; Jesús hizo suya nuestra humanidad y su corazón nunca se separará de nosotros; el Espíritu Santo quiere habitar en nosotros; estamos llamados a la alegría eterna con Dios. Esta es nuestra «estatura», esta es nuestra identidad espiritual: somos los hijos amados de Dios, siempre. Entendéis entonces que no aceptarse, vivir infelices y pensar en negativo significa no reconocer nuestra identidad más auténtica: es como darse la vuelta cuando Dios quiere fijar sus ojos en mí; significa querer impedir que se cumpla su sueño en mí. Dios nos ama tal como somos, y no hay pecado, defecto o error que lo haga cambiar de idea. Para Jesús —nos lo muestra el Evangelio—, nadie es inferior y distante, nadie es insignificante, sino que todos somos predilectos e importantes: ¡Tú eres importante! Y Dios cuenta contigo por lo que eres, no por lo que tienes: ante él, nada vale la ropa que llevas o el teléfono móvil que utilizas; no le importa si vas a la moda, le importas tú. A sus ojos, vales, y lo que vales no tiene precio.

Cuando en la vida sucede que apuntamos bajo en vez de a lo alto, nos puede ser de ayuda esta gran verdad: Dios es fiel en su amor, y hasta obstinado. Nos ayudará pensar que nos ama más de lo que nosotros nos amamos, que cree en nosotros más que nosotros mismos, que está siempre de nuestra parte, como el más acérrimo de los «hinchas». Siempre nos espera con esperanza, incluso cuando nos encerramos en nuestras tristezas, rumiando continuamente los males sufridos y el pasado. Pero complacerse en la tristeza no es digno de nuestra estatura espiritual. Es más, es un virus que infecta y paraliza todo, que cierra cualquier puerta, que impide que la vida se reavive, que recomience. Dios, sin embargo, es obstinadamente esperanzado: siempre cree que podemos levantarnos y no se resigna a vernos apagados y sin alegría. Porque somos siempre sus hijos amados. Recordemos esto al comienzo de cada día. Nos hará bien decir todas las mañanas en la oración: «Señor, te doy gracias porque me amas; haz que me enamore de mi vida». No de mis defectos, que hay que corregir, sino de la vida, que es un gran regalo: es el tiempo para amar y ser amado.

Zaqueo tenía un segundo obstáculo en el camino del encuentro con Jesús: la vergüenza paralizante. Podemos imaginar lo que sucedió en el corazón de Zaqueo antes de subir a aquella higuera, habrá tenido una lucha afanosa: por un lado, la curiosidad buena de conocer a Jesús; por otro, el riesgo de hacer una figura bochornosa. Zaqueo era un personaje público; sabía que, al intentar subir al árbol, haría el ridículo delante de todos, él, un jefe, un hombre de poder. Pero superó la vergüenza, porque la atracción de Jesús era más fuerte. Habréis experimentado lo que sucede cuando una persona se siente tan atraída por otra que se enamora: entonces sucede que se hacen de buena gana cosas que nunca se habrían hecho. Algo similar ocurrió en el corazón de Zaqueo, cuando sintió que Jesús era de tal manera importante que habría hecho cualquier cosa por él, porque él era el único que podía sacarlo de las arenas movedizas del pecado y de la infelicidad. Y así, la vergüenza paralizante no triunfó: Zaqueo —nos dice el Evangelio— «corrió más adelante», «subió» y luego, cuando Jesús lo llamó, «se dio prisa en bajar» (vv. 4.6.). Se arriesgó y actuó. Esto es también para nosotros el secreto de la alegría: no apagar la buena curiosidad, sino participar, porque la vida no hay que encerrarla en un cajón. Ante Jesús no podemos quedarnos sentados esperando con los brazos cruzados; a él, que nos da la vida, no podemos responderle con un pensamiento o un simple «mensajito».

Queridos jóvenes, no os avergoncéis de llevarle todo, especialmente las debilidades, las dificultades y los pecados, en la confesión: Él sabrá sorprenderos con su perdón y su paz. No tengáis miedo de decirle «sí» con toda la fuerza del corazón, de responder con generosidad, de seguirlo. No os dejéis anestesiar el alma, sino aspirad a la meta del amor hermoso, que exige también renuncia, y un «no» fuerte al doping del éxito a cualquier precio y a la droga de pensar sólo en sí mismo y en la propia comodidad.

Después de la baja estatura y la vergüenza paralizante, hay un tercer obstáculo que Zaqueo tuvo que enfrentar, ya no en su interior sino a su alrededor. Es la multitud que murmura, que primero lo bloqueó y luego lo criticó: Jesús no tenía que entrar en su casa, en la casa de un pecador. ¿Qué difícil es acoger realmente a Jesús, qué duro es aceptar a un «Dios, rico en misericordia» (Ef 2,4). Puede que os bloqueen, tratando de haceros creer que Dios es distante, rígido y poco sensible, bueno con los buenos y malo con los malos. En cambio, nuestro Padre «hace salir su sol sobre malos y buenos» (Mt 5,45), y nos invita al valor verdadero: ser más fuertes que el mal amando a todos, incluso a los enemigos. Puede que se rían de vosotros, porque creéis en la fuerza mansa y humilde de la misericordia. No tengáis miedo, pensad en cambio en las palabras de estos días: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5,7). Puede que os juzguen como unos soñadores, porque creéis en una nueva humanidad, que no acepta el odio entre los pueblos, ni ve las fronteras de los países como una barrera y custodia las propias tradiciones sin egoísmo y resentimiento. No os desaniméis: con vuestra sonrisa y vuestros brazos abiertos predicáis la esperanza y sois una bendición para la única familia humana, tan bien representada por vosotros aquí.

Aquel día, la multitud juzgó a Zaqueo, lo miró con desprecio; Jesús, en cambio, hizo lo contrario: levantó los ojos hacia él (v. 5). La mirada de Jesús va más allá de los defectos para ver a la persona; no se detiene en el mal del pasado, sino que divisa el bien en el futuro; no se resigna frente a la cerrazón, sino que busca el camino de la unidad y de la comunión; en medio de todos, no se detiene en las apariencias, sino que mira al corazón. Jesús mira nuestro corazón, tu corazón, mi corazón. Con esta mirada de Jesús, podéis hacer surgir una humanidad diferente, sin esperar a que os digan «qué buenos sois», sino buscando el bien por sí mismo, felices de conservar el corazón limpio y de luchar pacíficamente por la honestidad y la justicia. No os detengáis en la superficie de las cosas y desconfiad de las liturgias mundanas de la apariencia, del maquillaje del alma para aparentar ser mejores. Por el contrario, instalad bien la conexión más estable, la de un corazón que ve y transmite el bien sin cansarse. Y esa alegría que habéis recibido gratis de Dios, dadla gratis (cf. Mt 10,8), porque son muchos los que la esperan.

Escuchamos por último las palabras de Jesús a Zaqueo, que parecen dichas a propósito para nosotros en este momento: «Date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa» (v. 5). Date prisa, porque hoy es necesario que me quede en tu casa. Ábrele la puerta de tu corazón.

Jesús te dirige la misma invitación: «Hoy tengo que alojarme en tu casa». La Jornada Mundial de la Juventud, podríamos decir, comienza hoy y continúa mañana, en casa, porque es allí donde Jesús quiere encontrarnos a partir de ahora. El Señor no quiere quedarse solamente en esta hermosa ciudad o en los recuerdos entrañables, sino que quiere venir a tu casa, vivir tu vida cotidiana: el estudio y los primeros años de trabajo, las amistades y los afectos, los proyectos y los sueños. Cómo le gusta que todo esto se lo llevemos en la oración. Él espera que, entre tantos contactos y chats de cada día, el primer puesto lo ocupe el hilo de oro de la oración. Cuánto desea que su Palabra hable a cada una de tus jornadas, que su Evangelio sea tuyo, y se convierta en tu «navegador» en el camino de la vida.

Jesús, a la vez que te pide de ir a tu casa, como hizo con Zaqueo, te llama por tu nombre. Tu nombre es precioso para él. El nombre de Zaqueo evocaba, en la lengua de la época, el recuerdo de Dios.

Fiaros del recuerdo de Dios: su memoria no es un «disco duro» que registra y almacena todos nuestros datos, sino un corazón tierno de compasión, que se regocija eliminando definitivamente cualquier vestigio del mal. Procuremos también nosotros ahora imitar la memoria fiel de Dios y custodiar el bien que hemos recibido en estos días. En silencio hagamos memoria de este encuentro, custodiemos el recuerdo de la presencia de Dios y de su Palabra, reavivemos en nosotros la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre. Así pues, recemos en silencio, recordando, dando gracias al Señor que nos ha traído aquí y ha querido encontrarnos.
 

lunes, 16 de mayo de 2016

EL PAPA HABLA DE EVITAR EL CLERICALISMO


Imagen referencial. Crédito:ACI Prensa
VATICANO, 26 Abr. 16 / 06:16 am (ACI).- El Papa envió una carta al Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, el Cardenal Marc Ouellet, en el que habla de la misión de los laicos en la vida pública y recuerda que es una de las mayores riquezas del Concilio Vaticano II.
Con motivo de la reciente Asamblea Plenaria que celebró dicha Comisión sobre la misión de los fieles en la vida pública de latinoamérica, Francisco cuenta cómo se reunió con ellos e intercambiaron algunas reflexiones. Sobre esto mismo pide que “el espíritu de discernimiento y reflexión ‘no caiga en saco roto’; nos ayude y siga estimulando a servir mejor al Santo Pueblo fiel de Dios” y alerta de los peligros del clericalismo.
El Pontífice señala que los obispos “como pastores estamos continuamente invitados a mirar” al Santo Pueblo fiel de Dios (los laicos) para “proteger, acompañar, sostener y servir”. 
“Un padre no se entiende a sí mismo sin sus hijos. Puede ser un muy buen trabajador, profesional, esposo, amigo pero lo que lo hace padre tiene rostro: son sus hijos. Lo mismo sucede con nosotros, somos pastores. Un pastor no se concibe sin un rebaño al que está llamado a servir”. 
El Pontífice también explica en el mensaje que “al pueblo se lo sirve desde dentro”. “Muchas veces se va adelante marcando el camino, otras detrás para que ninguno quede rezagado, y no pocas veces se está en el medio para sentir bien el palpitar de la gente”.
Uno de los consejos es que los obispos miren “continuamente al Pueblo de Dios” porque “nos salva de ciertos nominalismos declaracionistas (slogans) que son bellas frases pero no logran sostener la vida de nuestras comunidades”. 
“Por ejemplo, recuerdo ahora la famosa expresión: "es la hora de los laicos" pero pareciera que el reloj se ha parado”, añadió a continuación.
A su vez, recuerda que “todos ingresamos a la Iglesia como laicos” puesto que “el primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo”.
Francisco destaca que el Bautismo “nos hace bien recordar que la Iglesia no es una élite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios”. 
“Olvidarnos de esto acarrea varios riesgos y deformaciones tanto en nuestra propia vivencia personal como comunitaria del ministerio que la Iglesia nos ha confiado. Somos, como bien lo señala el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, cuya identidad es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. El Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo, por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción”.
Clericalismo
En el mensaje el Papa argentino pide poner atención al clericalismo, “fruto de una mala vivencia de la eclesiología planteada por el Vaticano II”. 
“Esta actitud no sólo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente. El clericalismo lleva a la funcionalización del laicado; tratándolo como ‘mandaderos’, coarta las distintas iniciativas, esfuerzos y hasta me animo a decir, osadías necesarias para poder llevar la Buena Nueva del Evangelio a todos los ámbitos del quehacer social y especialmente político”. 
Además, “el clericalismo lejos de impulsar los distintos aportes, propuestas, poco a poco va apagando el fuego profético que la Iglesia toda está llamada a testimoniar en el corazón de sus pueblos. El clericalismo se olvida de que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios (cfr. LG 9-14) Y no solo a unos pocos elegidos e iluminados”.
Pastoral popular y laicos en la vida pública
Otro de los puntos que el Pontífice trata en el mensaje es el de la pastoral popular. “Ha sido de los pocos espacios donde el pueblo (incluyendo a sus pastores) y el Espíritu Santo se han podido encontrar sin el clericalismo que busca controlar y frenar la unción de Dios sobre los suyos”.
El Papa pide confiar “en nuestro Pueblo, en su memoria y en su ‘olfato’, confiemos que el Espíritu Santo actúa en y con ellos, y que este Espíritu no es solo ‘propiedad’ de la jerarquía eclesial”. 
Respecto a la misión de los laicos en la vida pública, el Santo Padre destaca que en muchas ciudades se descarta a las personas y donde no hay esperanza. Pero los laicos en la vida pública pueden “buscar la manera de poder alentar, acompañar y estimular todo los intentos, esfuerzos que ya hoy se hacen por mantener viva la esperanza y la fe en un mundo lleno de contradicciones especialmente para los más pobres, especialmente con los más pobres. Significa como pastores comprometernos en medio de nuestro pueblo y, con nuestro pueblo sostener la fe y su esperanza”.
“No es nunca el pastor el que le dice al laico lo que tiene que hacer o decir, ellos lo saben tanto o mejor que nosotros. No es el pastor el que tiene que determinar lo que tienen que decir en los distintos ámbitos los fieles. Como pastores, unidos a nuestro pueblo, nos hace bien preguntamos cómo estamos estimulando y promoviendo la caridad y la fraternidad, el deseo del bien, de la verdad y la justicia. Cómo hacemos para que la corrupción no anide en nuestros corazones”.
El Papa también denuncia que muchas veces se ha generado una ‘élite laical’ creyendo que "son laicos comprometidos solo aquellos que trabajan en cosas ‘de los curas’ y hemos olvidado, descuidado al creyente que muchas veces quema su esperanza en la lucha cotidiana por vivir la fe”.
Francisco asegura que “por estar en medio de nuevas formas culturales que se gestan continuamente tiene exigencias de nuevas formas de organización y de celebración de la fe”. 
“¡Los ritmos actuales son tan distintos (no digo mejor o peor) a los que se vivían 30 años atrás!”, clama en el mensaje.
En definitiva, “esto requiere imaginar espacios de oración y de comunión con características novedosas, más atractivas y significativas –especialmente– para los habitantes urbanos”.
En relación a esto, habla de la ‘inculturación’: "un proceso que los pastores estamos llamados a estimular alentado a la gente a vivir su fe en donde está y con quién está. La inculturación es aprender a descubrir cómo una determinada porción del pueblo de hoy, en el aquí y ahora de la historia, vive, celebra y anuncia su fe", asegura.
Al terminar, el Papa pide no perder la memoria, puesto que “desarraigarnos de donde venimos y por lo tanto, no sabremos tampoco a dónde vamos

sábado, 2 de abril de 2016

FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA

miércoles, 30 de marzo de 2016

NOVENA DE LA DIVINA MISERICORDIA

https://www.ewtn.com/spanish/prayers/nov-divinamis.htm

Oraciones de la Divina Misericordia



PLEGARIA A LA DIVINA MISERICORDIA PARA ALCANZAR UNA GRACIA POR MEDIACIÓN DE SANTA MARÍA FAUSTINA KOWALSKA
Oh Dios, cuya Misericordia sobrepuja todas tus obras, te doy gracias por los favores extraordinarios que concediste a tu Sierva Faustina. Nos has manifestado de un modo particular el abismo de tu Misericordia, que en estos calamitosos tiempos quieres derramar abundantemente sobre la humanidad extraviada y dolorida. Señor, te ruego tu Misericordia, concediéndome la gracia que te pido y tanto necesito… (pedir la gracia), si no es contraria a la salvación de mi alma. Te lo pido por los méritos e intercesión de Santa Faustina, pero, sobre todo, por la dolorosa pasión de tu amadísimo Hijo y Nuestro Señor Jesucristo, Rey de Misericordia, que contigo y con el Espíritu Santo nos la dispensa por toda la eternidad. Amen.
(Rezar esta oración por nueve días seguidos, recibiendo al menos una vez en esos días los Santos Sacramentos de la Confesión y Eucaristía)
CONSAGRACIÓN A LA SANTA VIRGEN MADRE DE MISERICORDIA
¡Oh Madre mía y mi Reina, yo te doy en custodia mi alma y mi cuerpo, mi vida, mi muerte y mi eternidad. Pongo todo en tus manos, oh buena Madre! cubre con tu manto virginal mi alma y concédeme la gracia de obtener la pureza de alma y cuerpo y la de tener un corazón humilde y generoso en el amor. Protégeme, con tu poder, de toda clase de enemigos y en especial de aquéllos que esconden su malicia bajo la máscara de la virtud. ¡Oh Lirio amable; que seas siempre para mí el modelo de toda virtud! Madre de Dios y Madre nuestra, Santísima Virgen María, tú eres para mí una Madre muy especial, porque Jesús en la cruz nos dio a ti como Madre. Nosotros somos entonces tus hijos. Por tu Hijo, tú nos amas María, madre mía tan querida. Sé ahora la guía de mi vida espiritual, de manera que pueda siempre agradar a tu Divino Hijo. Madre dulcísima, continúa instruyéndome en la vida interior, que la espada del sufrimiento no me abata nunca; ¡oh Virgen pura, derrama valor en mi corazón y custódialo! Amén.
ORACIONES SELECTAS DEL DIARIO DE SANTA FAUSTINA KOWALSKA
Unámonos a Santa Faustina en las aspiraciones de su espíritu hacia «el Dios de toda misericordia y consuelo» e imitémosla en la práctica de ese supremo atributo de Dios, dentro del cual Jesús nos insta a modelarnos (Lc. 6, 36), atentos asimismo a las enseñanzas que encontramos en la Epístola a los Hebreos (13, 15-16): «Por Jesús ofrezcamos de continuo a Dios sacrificio de alabanza, esto es, el fruto de los labios que bendicen su nombre. No os olvidéis de la beneficencia y de la mutua asistencia, ya que en tales sacrificios se complace Dios».
Jesús dijo a Sor Faustina: Me supedito a tu confianza; si ésta es grande, mi generosidad no conocerá límites (II, 19). El Evangelio nos asegura ya eso: «En verdad os digo que si tenéis fe y no dudáis…, se hará lo que digáis; y todo cuanto pidáis con fe, recibiréis» (Mt. 21: 21, 22).
Juan el Apóstol, que también ve en la misericordia la verdadera naturaleza de Dios para con la humanidad, deriva de ella una absoluta confianza: «…y la confianza que tenemos en Él es que, si le pedimos alguna cosa conforme con su voluntad, Él nos oye; y si sabemos que nos oye, en cuanto le pedimos, sabemos que obtenemos las peticiones que le hemos hecho». (Jn. 5:14,15).
Cuando nos aprestamos a rezar, descubrimos que todo es gracia -don gratuito-, porque todo en Jesús es misericordia. Pero siendo esto así ¿cómo negar a los que nos rodean la generosidad que recabamos para nosotros mismos?
ORACIONES DE UNA MADRE A JESÚS MISERICORDIOSO
Misericordioso Corazón de Jesús, te entrego a mis hijos.
Tu comprendes mejor que nadie mis preocupaciones y mis necesidades; nadie puede ayudarme más eficazmente que Tu.
Concédeme generosamente las gracias necesarias para su educación. Sé que mis esfuerzos serán vanos si no me ayudas con tu gracia. Guía mis acciones, ilumina e inspira mis palabras para el bien de mis queridos hijos. Presérvalos de todo pecado y corrupción, y enséñales a progresar por la vía del bien; protégelos contra los malos ejemplos y líbralos de todo mal.
Que ellos vivan y crezcan en el estudio, en la sabiduría en la gracia y en la salud; que sean el gozo y el consuelo de sus padres que sean útiles a la sociedad y busquen los bienes del Cielo.
Cuando me llames a ti, Juez Supremo, te pido que encargues a tu Madre, el cuidado y la protección de mis hijos. Sé que esta buena Madre cumplirá este encargo mejor que yo.
Por todo esto, oh Misericordioso Señor, que tanto has amado a los niños, te prometo un servicio fiel, una vida verdaderamente piadosa y así con la oración y el trabajo poderte alabar y propagar tu insondable Misericordia poniendo durante el transcurso de mi vida y en el momento de mi muerte toda mi confianza en Ti. Amén.
ORACIÓN POR UNA PERSONA QUERIDA
¡Oh Jesús Misericordioso, tú que tuviste en la tierra un discípulo predilecto por el cual tu Corazón Divino ardía con un amor especial, acuérdate que yo también tengo una persona particularmente querida y amada. Por el afecto que tuviste hacia S. Juan y hacia María Madre del Amor Hermoso, y por tu infinita Misericordia, guía a esta persona amada a un conocimiento mejor de ti y a que ame ardientemente tu Corazón Misericordioso; consérvala durante toda la vida en gracia y en salud; bendícela, ilumínala en sus proyectos y en sus decisiones con el f n de que este ser querido y yo seamos siempre fieles el uno al otro y participemos juntamente en las alegrías y en las penas, en el amor y la amistad. Que siempre tengamos una confianza sin límites en tu Infinita Misericordia y la propaguemos y alabemos en la tierra y en la Eternidad. Amén.
ORACIÓN POR LOS ENEMIGOS
Jesús Misericordioso, tú que has sufrido tanto aquí en la tierra por tus enemigos verdaderos y ocultos y, finalmente, condenado por la más absurda injusticia, oraste con mayor empeño desde la cruz por tus perseguidores diciendo: «Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen, dame la f 4erza de perdonar siempre con todo mi corazón, según el ejemplo de tu Infinito Amor y Misericordia, a todos aquéllos que me hacen el mal; perdónalos como yo también los perdono, sana sus debilidades y las mías, sumerge nuestros corazones en el océano infinito de tu Amor Divino y llénalos de tu Misericordia. Así el mundo reconocerá que te pertenecemos; también tú nos reconocerás por tuyos en el Juicio final y nos pondrás a tu derecha. Te lo pido por los méritos de tu pasión y dolorosa muerte, por la intercesión de la dolorosa y muy amada Madre tuya y Madre nuestra. Amén.
ACTO DE CONSAGRACION DE LA FAMILIA AL CORAZÓN MISERICORDIOSO DE JESÚS
Corazón Misericordioso de Jesús, confiando infinitamente en tu Misericordia, consagramos a ti totalmente e incondicionalmente nuestra familia. Que seas tú el Señor, el Rey y el Amigo de nuestra familia. Toma todo aquello que tenemos y en particular nuestros corazones bajo tu exclusivo dominio. Ilumina nuestra mente, refuerza nuestra voluntad y bendice nuestras acciones. Comparte con nosotros las alegrías y las penas, perdónanos siempre nuestras debilidades y nuestras culpas, ayúdanos y consuélanos, y, en la hora de la muerte, no seas para nosotros Juez sino el Salvador Misericordioso. Y tú, Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra Celestial, enseña a tus hijos a amar, servir, alabar por siempre el Corazón Misericordioso de Tu Hijo Divino. San José, Custodio de la Sagrada Familia, toma la nuestra bajo tu poderosa protección. Amén.
ORACIÓN DE CONFIANZA
¡Oh Divina Misericordia!, yo estoy convencido de que tú vigilas sobre los que confían en ti, y que nada les puede faltar a los que esperan de ti. Abandono todas mis preocupaciones, miserias e inquietudes y desde ahora viviré en paz porque tú me has confirmado tu Misericordia. Tú que tienes y tendrás siempre Misericordia de nosotros. Mis hermanos pueden irse en contra mía; las enfermedades pueden quitarme la fuerza y los medios de servirte como es mi deseo; yo puedo perder tu misma gracia con el pecado, pero nunca perderé la confianza en tu misericordia; la conservaré hasta el último respiro de mi vida. Inútilmente los demonios se esforzarán en robármela; no habrá nada que pueda impedir mi constancia.
Muchos esperan obtener su felicidad en las criaturas humanas; en sus bienes y talentos; otros se apoyan en la fortaleza de su vida; unos en los sacrificios de su penitencia; otros en el número de sus buenas obras y en el fervor de sus oraciones; en cuanto a mí, toda mi confianza se apoya sobre tu Misericordia, oh Señor, que eres mi Dios y mi Salvador, mi Santificador y mi Juez. Todas mis palabras y todas mis oraciones expresan solamente la confianza y no moriré, eternamente porque yo espero de tu Infinita Misericordia, ¡oh Señor!
Lamentablemente sé por experiencia cuán débil e inconstante soy; sé cuándo las tentaciones prevalecen con facilidad sobre la más firme virtud; he visto caer a aquéllos que pensaba eran columnas de la vida religiosa; yo mismo he caído por mi fragilidad humana; por eso, espero solamente de la Misericordia de mi Dios y no moriré eternamente.
En fin, estoy seguro que nunca estará por demás confiar absolutamente en ti y que nunca tendré menos de aquello que espero de ti. Sé que tú me ayudarás a dominar mis malas inclinaciones. Tú me protegerás en las luchas y dificultades y harás triunfar mi debilidad con tu fuerza; por tanto, mi alma se queda en paz. Tú me darás la fuerza, el heroísmo y yo te amaré con todo mi corazón. Tú serás mi Todo y yo te exaltaré por toda la eternidad. Divina Misericordia, confío en ti. Amén.
ORACIÓN DE ADORACIÓN
¡Te adoro, Creador y Señor, en el Santísimo Sacramento. Te adoro por todas las obras de tu mano, en las cuales veo tanta Sabiduría, Bondad y Misericordia. Señor tú has esparcido sobre la tierra tantas bellezas, éstas me hacen pensar en la tuya, mas no son sino pálidos reflejos de tu esplendor, de tu inconcebible belleza!
A pesar de que tú has escondido y velado tu belleza, mi ojo, iluminado por la Fe, te reencuentra y mi alma descubre al Señor, su Bien Supremo; mi corazón se sumerge en una plegaria de adoración.
¡Oh mi Creador y Señor, por tu belleza he osado hablarte. Por tu Misericordia, desaparece el abismo que separa al Creador de su criatura; hablar contigo, Señor, es la delicia de mi corazón: en ti encuentro todo aquello que mi corazón puede desear Tu luz aclara mi espíritu, permitiendo conocerte más íntimamente. Sobre mi corazón las gracias bajan a torrentes, mi alma toma de allí la vida eterna! Amén.
(Diario VI, 27)
ORACIÓN DE OFRECIMIENTO
¡Te agradezco Señor, Dios eterno, por las gracias y por los innumerables beneficios con los cuales me colmas! Dios mío, quisiera que cada latido de mi corazón fuera para ti un nuevo cántico de agradecimiento; que cada gota de mi sangre circule para ti, Señor; que mi alma no deje de glorificar tu Misericordia. ¡Te amo, oh mi Dios, te amo únicamente a ti! A pesar de que mis sufrimientos son continuos y grandes, los recibo de tus manos como un don precioso. Los acepto todos con gusto, también aquellos que las otras almas no quieren soportar Tú puedes, Jesús, cargarme con todas las cruces: no rechazo ninguna. No pido más que una cosa: ¡la fuerza de soportarlas y hacerlas meritorias! Te ofrezco todo mi ser; haz de mi lo que quieras!
(Diario VI, 58)
ORACIÓN DE INVOCACIÓN PARA SER FIELES A LA VOLUNTAD DE DIOS
¡Oh Jesús, tendido sobre la cruz: te ruego me concedas siempre y donde quiera que me encuentre, la gracia de cumplir fielmente la Santa Voluntad de tu Padre. Aun cuando esto me sea penoso y difícil te imploro, Jesús, que de tus llagas hagas fluir la fuerza y el poder necesarios, y mis labios repitan sin cesar: «¡Señor, que se haga tu voluntad!» ¡Oh Redentor del género humano, que nos has amado hasta morir por nuestra salvación y que, en los sufrimientos y tormentos de la agonía, olvidaste todo para pensar sólo en la salvación de nuestras almas. Oh Misericordiosísimo Jesús, concédeme la gracia de olvidarme de mí mismo, y vivir para los demás, ayudándote así en la Obra de la Redención según la Santísima Voluntad de tu Padre Celestial! Amén.
(Diario IV, 9)
ORACIÓN PARA IMPLORAR CONFIANZA EN MEDIO DEL SUFRIMIENTO
¡Oh Jesús, no me dejes sola en los sufrimientos! tú, Señor, conoces mi debilidad; no soy más que un abismo de miseria; no soy más que una nada, ¿qué extraño es, entonces, que si tú me dejas sola me caiga? Soy como un recién nacido. Soy impotente, Señor; no sé valerme por mí mismo, mas en el abandono tengo confianza. A pesar de lo que siento, conservo la confianza y concentro todos mis sentimientos en una entera y absoluta confianza en ti.
¡No disminuyas ninguno de mis sufrimientos; dame, simplemente, la fuerza de soportarlos. Haz de mí lo que tú quieras. Dame solamente la gracia de saber amarte en todas las circunstancias de mi vida. No disminuyas, Señor el cáliz de amargura, sino dame sólo la fortaleza de beberlo todo. Amén. (1)
(Diario V, 46, 67)
ORACIÓN POR LA IGLESIA Y LOS SACERDOTES
¡Oh Jesús! te suplico, concede a tu Iglesia el amor y la luz del Espíritu Santo. Da a tus sacerdotes el amor y la luz de tu Espíritu, que las palabras de los sacerdotes convenzan a los corazones más endurecidos, se arrepientan y vuelvan a ti, oh Señor.
Señor, danos sacerdotes santos; consérvalos tú mismo en la santidad. ¡Oh Divino Sumo Sacerdote, haz que tu Misericordia los asista en cualquier lugar y los defienda contra las insidias y tentaciones que el demonio tiende sin cesar al alma de cada Sacerdote!
Que el poder de la Divina Misericordia, ¡oh buen Salvador! aplaste y aniquile todo aquello que pudiera manchar la santidad de un sacerdote, porque tú lo puedes todo. Te suplico, Jesús que bendigas con una luz especial a los sacerdotes con los que me confesaré a lo largo de mi vida. Amén.
(Diario III, 11)
ORACIÓN DEL ALMA EN LA SOLEDAD
¡Oh Jesús, que eres el amigo de mi corazón, tú eres mi único refugio y mi único descanso. Tú eres mi salvación en medio de las tempestades de la vida, mi tranquilidad en medio de las perturbaciones del mundo. Tú eres mi calma en las tentaciones; mi sustento en las horas de desesperación; mi victoria en la lucha por el advenimiento de tu Reino. (Juan 16, 33). Eres el rayo vivo que aclara mi vida; el calor que hace derretir el hierro de mi indiferencia! ¡Eres tú, oh Señor, sólo tú eres capaz de comprender al alma que permanece callada y sufre sin decir una palabra. Tú conoces muy bien nuestras debilidades y nuestros pecados que, sin tregua -cual Médico y Buen Pastor- nos perdonas, nos curas y nos levantas, para que nosotros podamos siempre amarte más. Amén.
(Diario 1, 114)
ACTOS DE ADORACIÓN A JESUCRISTO EN LA EUCARISTIA
¡Te adoro, oh Amor Invisible, que eres la vida de mi alma! ¡Te adoro, Jesús, bajo las sutiles especies del pan. Te adoro, oh Dulce Misericordia que expandes sobre todas las almas. Te adoro, oh bondad Infinita, que expandes a tu alrededor los rayos de gracia. Te adoro, oh, Luz resplandeciente, Luz de las almas. Te adoro, Manantial Inagotable de Misericordia! El más puro de los Manantiales desde donde brotan para nosotros la vida y la santidad. ¡Te adoro, delicia de los corazones puros! ¡Te adoro, única esperanza de las almas pecadoras! Amén.
(Diario VI, 40)
ORACIÓN PARA IMPLORAR LA MISERICORDIA DE DIOS
I
¡Demuéstrame tu Misericordia, oh Padre, por la infinita bondad del Corazón de Jesucristo; presta oídos atentos a las oraciones que te elevo desde mi corazón contrito!
II
¡Oh Omnipotente y Misericordioso Padre: sabiendo que tu divina bondad no tiene límites, aunque yo no sea más que un abismo de miseria, tengo plena confianza en tu Misericordia!
III
¡Oh Santa Trinidad, mi Señor y mi Dios puesto que es inmensa e infinita tu bondad me confío a tu Misericordia y sé que tú, Señor, estarás siempre cerca de mí!
IV
¡Que tu gran Misericordia y que su canto no cese jamás; que se propague a través del mundo entero, Señor. Implórala, oh alma mía, con todo el fervor!
(Diario IV, 17)
DESEOS DE UN ALMA IMPREGNADA DE LA DIVINA MISERICORDIA
Deseo con todo el corazón que cada respiro de mi vida, que cada latido de mi corazón, que cada palpitación mía alaben tu Misericordia, ¡Oh Santísima Trinidad! Señor, quiero transformarme todo entero en tu misericordia y ser un vivo reflejo de ti. ¡Oh Señor! que el más grande de los atributos divinos, el de tu Misericordia infinita, pase por mi alma y mi corazón hacia mi prójimo.
Ven en mi ayuda, Señor, con el fin de que mis ojos estén llenos de misericordia, de manera que jamás juzgue ni sospeche de nadie según las apariencias externas, sino que mire la belleza en el alma de mí prójimo y acuda a socorrerlo. Haz que mi oído esté lleno de misericordia para que pueda inclinarme sobre las necesidades del prójimo y que no quede indiferente a sus males y a sus lamentos.
¡Socórreme, Señor para que mis labios rebosen de Misericordia, para no hablar mal de mi prójimo, sino que tenga para cada uno palabras de consuelo y de perdón!
¡Ayúdame, Señor, para que mis manos sean caritativas y llenas de buenas acciones, de manera que no deje de hacer el bien a mi prójimo y que coja los compromisos más pesados y más comprometedores!
¡Haz, oh Señor, que mis pies sean misericordiosos, de manera que lleven siempre auxilio a mi prójimo, dominando mi cansancio y fatiga! Que mi verdadero descanso sea servir a mi prójimo!
¡Haz, oh Señor, que mi corazón esté lleno de misericordia, de manera que los sufrimientos de mi prójimo sean como míos! No negaré mi corazón a nadie, atenderé sinceramente también a aquellos que, lo sé, abusarán de mi bondad. Y me encerraré yo mismo confiadamente en el Corazón Misericordioso de Jesús. Callaré mis propios sufrimientos.
¡Que tu Misericordia descanse en mí, oh mi Dios! Eres tú mismo quien me ordenas ejercitarme en los tres grados de la misericordia. El primero es el acto de misericordia de cualquier género. El segundo, es la palabra de misericordia, pues si no puedo llevar a cabo con la obra, ayudaré con la palabra. El tercero, es la oración, ya que si no puedo demostrar la misericordia ni con hechos ni con palabras, puedo siempre hacerlo con la oración; porque ella llega allá donde no puedo entrar físicamente. ¡Oh Jesús mío, transfórmame en ti, puesto que tú eres Omnipotente!
(Diario 1, 70-71)
ORACIÓN DE ACCIÓN DE GRACIAS
¡Oh Jesús!, Dios Eterno, te doy gracias por tus innumerables gracias y bendiciones. Que cada latido de mi corazón sea un nuevo himno de acción de gracias a ti, oh Dios. Que cada gota de mi sangre circule por ti y para ti. Que sea mi alma un himno de adoración a tu misericordia. Te amo, Dios, por ti mismo. Amén. (VI, 138)
PARA LOGRAR EL AMOR DE DIOS
Dulcísimo Jesús, enciende en mi el fuego de tu amor, transfórmame en ti. Divinízame para que mis obras sean de tu agrado. Que se cumpla mi deseo gracias al poder de la Santa Comunión que recibo diariamente. ¡Oh!, cuánto deseo transformarme en ti. ¡Oh Señor! Amén. (IV, 39)
PARA LOGRAR EL CONOCIMIENTO DE DIOS
Jesús, dótame de una inteligencia potente, una inteligencia superior, para poder con ella entenderte mejor, porque, cuanto más te conozca, con más fervor te amaré. Jesús, te pido una inteligencia excepcional, con la que pueda entender los misterios divinos, los más sublimes. Jesús, otórgame una sutil inteligencia capaz de penetrar tu Esencia Divina y tu Vida en el seno de la Santísima Trinidad. Amén. (V 73)
POR LA PATRIA DE CADA UNO
Misericordiosísimo Jesús, te suplico, por intercesión de los Santos y en especial por intercesión de tu Madre amantísima, que te crio desde la niñez: Bendice la tierra en que nací, te lo ruego, Jesús. No mires nuestros pecados, sino las lágrimas de los niños, el hambre y el frío que sufren. Jesús, en nombre de estos inocentes(*) concédeme la gracia que te pido para mi patria. Amén. (I, 126)
(*)En el momento de redactar esta oración, Jesús se le apareció. Con los ojos llenos de lágrimas, le respondió: «Ves, hija mía, qué profunda compasión me inspiran. Te lo aseguro: Ellos sostienen el mundo».
POR LOS PECADORES
Jesús confió a Sor Faustina: «Siempre me consuela oírte rezar por los pecadores. Es la oración que más me complace, la que dedicas a su conversión. Ten la seguridad, hija mía, que siempre escucho y contesto a esta plegaria.» (V, 35-36).
¡Oh Jesús!, Verdad eterna y Vida nuestra, reclamo tu atención y suplico tu Misericordia para los desdichados pecadores. ¡Oh dulcísimo Corazón del Señor! repleto de piedad y de insondable misericordia te suplico por ellos. ¡Oh Sacratísimo Corazón!, Fuente de Misericordia de donde brotan los rayos de inconcebibles gracias sobre la humanidad entera, te ruego luz para los que viven en el pecado. ¡Oh Jesús!, recuerda tu amarga Pasión y no permitas que se pierdan almas que fueron redimidas pagando el alto precio de tu preciosísima Sangre. ¡Oh Jesús!, cuando considero cuánto vale tu Sangre, me gozo en su grandeza, porque una sola gota habría bastado para la salvación de los pecadores. Aunque el pecado es un abismo de malicia e ingratitud, el precio pagado por nuestra redención excedió la deuda. Por tanto, que las almas confíen en la Pasión del Señor, y depositen su esperanza en su Misericordia. Dios no negará su Misericordia a ninguno. El cielo y la tierra podrán cambiar, pero jamás se agotará la Misericordia de Dios. ¡Oh qué alegría tan inmensa siente mi corazón cuando contemplo tu bondad, que excede a nuestra comprensión! ¡Oh Jesús!, deseo poner a tus pies a todos los pecadores, a fin de que glorifiquen tu Misericordia por los siglos de los siglos. Amén. (1, 30)
PARA ALCANZAR UNA BUENA MUERTE
Oh Jesús misericordiosísimo, tendido en la Cruz no te olvides de mí; préstame atención cuando llegue la hora de mi partida. Oh Corazón de Jesús misericordiosísimo, abierto por la lanza, ampárame en el último instante de mi vida. Oh Sangre y Agua que brotaste por mi salvación del Corazón de Jesús, como manantial de insondable misericordia, apacigua la ira de Dios en la hora de mi muerte. Amén. (11, 205)
Oh Jesús mío, que los últimos días de mi vida transcurran totalmente de acuerdo con tu santa voluntad. Uno mis sufrimientos pesares y agonías de la muerte, a tu sagrada Pasión y me ofrezco en nombre de la humanidad, a fin de obtener la abundante misericordia de Dios para las almas, y en especial para las que viven en el pecado. Finalmente confío, y me someto enteramente a tu santa voluntad, que es la Misericordia misma. Tu Misericordia lo será todo para mí en esta mi última hora. Amén.
(V 146)
SAN JOSÉ Y LA DEVOCION A LA DIVINA MISERICORDIA
Sor Faustina escribió en su Diario: San José me apremió a que fuera devota de él. Me dijo que le rezara todos los días tres oraciones y la oración «Recuerda». Me miró con mucha bondad y me hizo saber con cuánto empeño apoyaba esta Obra. Me prometió ayuda especial y su protección. Rezo todos los días las oraciones que me recomendó y siento su protección. (III, 55)
Las «tres oraciones» a que se refiere son el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria…
La oración «Recuerda» es una plegaria a San José, que la comunidad religiosa de Sor Faustina rezaba diariamente:
«Recuerda, oh purísimo esposo de María y mi más caro protector, San José que jamás se ha oído decir que ninguno que haya invocado tu asistencia y requerido tu ayuda, haya sido desatendido.
Guiado por esta confianza, a ti acudo y con todo el fervor de mi espíritu, a ti me encomiendo. No desoigas mis ruegos, oh Padre adoptivo del Salvador, sino acógelos benignamente y atiéndelos. Amén.
ACTO DE CONSAGRACIÓN DE SOR FAUSTINA
En presencia del cielo y de la tierra, en presencia de todos los coros angélicos, en presencia de la Santísima Virgen María, en presencia de todas las Potencias Celestiales declaro a Dios, en la Santísima Trinidad, que hoy, en unión con Jesucristo, el Redentor de las almas, me ofrezco voluntariamente por la conversión de los pecadores y en particular por las almas que han perdido confianza en la Misericordia Divina.
Mi ofrenda consiste en aceptar, con sumisión total a la voluntad de Dios, los sufrimientos, los temores y las congojas que afligen a los pecadores y, en cambio, les ofrezco todas las consolaciones de mi alma, que resultan de mi unión con Dios. En una palabra, ofrezco por ellos todo: las santas Misas, las comuniones, las penitencias, los sacrificios y las oraciones. No temo los dardos de la Justicia Divina, pues estoy unido a Jesús. ¡Oh mi Dios!, deseo de esta forma expiar por las almas que desconfían de vuestra bondad.
Contra toda esperanza, tengo confianza en el océano de la Misericordia Divina. ¡Señor y Dios mío, mi bien por toda la Eternidad! No fundo este acto de consagración en mis propias fuerzas, sino en el poder que dimana de los méritos de Jesucristo. Repetiré cotidianamente este acto de consagración con la oración siguiente, que Jesús mismo me ha enseñado: «¡Oh Sangre y agua, que habéis brotado del Corazón de Jesús, manantial de misericordia para nosotros; en Ti confío!»
ORACIÓN A LA DIVINA MISERICORDIA
¡Oh Dios de gran misericordia!, bondad infinita: desde el abismo de su abatimiento, toda la humanidad implora hoy tu misericordia y tu compasión, y clama con la potente voz de la desdicha! ¡Dios de Benevolencia, no desoigas la oración de este exilio terrenal! ¡Oh Señor!, Bondad que escapa a nuestra comprensión, que conoces nuestra miseria a fondo y sabes que con nuestras fuerzas no podemos elevarnos a ti, te imploramos: Adelántate con tu gracia y continua aumentando tu misericordia en nosotros, para que podamos fielmente cumplir tu santa voluntad, a lo largo de nuestra vida y a la hora de la muerte. Que la omnipotencia de tu misericordia nos escude de las fechas que arrojan los enemigos de nuestra salvación, para que con confianza, como hijos tuyos, aguardemos tu última venida -día que sólo tú sabes. Esperamos obtener lo que Jesús nos prometió a pesar de nuestra mezquindad, porque Jesús es nuestra esperanza. A través de su Corazón misericordioso, como a través de una puerta abierta, entraremos en el Reino de los Cielos (V. 143).